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La Guelaguetza vibra con danza, color y solidaridad en el Primer Lunes del Cerro

Fabiola Ayala

Al ritmo de jarabes, sones y chirimías, Oaxaca se vistió de fiesta y es que no fue para menos, el Auditorio Guelaguetza estalló en aplausos, colores y tradición cuando más de 11 mil personas se dieron cita para celebrar el Primer Lunes del Cerro.

En la máxima fiesta étnica de México, 17 delegaciones hermanaron culturas, corazones y esperanzas en torno a la generosidad que define a este pueblo que tuvo como testigos a visitantes nacionales y extranjeros.

Desde la Rotonda de la Azucena, la representante de la Diosa Centéotl 2025, Patricia Casiano Zaragoza, dio la bienvenida con un mensaje que fue más que discurso: fue un canto de orgullo a las raíces, una ofrenda a los abuelos y abuelas, y una caricia al maíz, símbolo de identidad.

“La Guelaguetza no es espectáculo, es el alma de los pueblos hecha fiesta”, dijo, acompañada del gobernador Salomón Jara y la presidenta del DIF estatal, Irma Bolaños.

Las Chinas Oaxaqueñas de Casilda Flores abrieron el telón con su tradicional Jarabe del Valle, cargando flores sobre la cabeza y alegría en cada paso. El público se contagió de la energía de Santa María Teopoxco con su rito del matrimonio; de los sones jeremeños de Ciudad Ixtepec; y del fandango de Miahuatlán, con su entrañable Palomo Miahuateco. Y como estampa imborrable, los “diablos” de Collantes electrizaron con su danza ancestral que honra a los muertos.

La mezcla de lenguas originarias, ritmos e historias continuó con la boda zoque-zapoteca de Santo Domingo Zanatepec, la bendición triqui de San Juan Copala y la emotiva interpretación de la Canción Mixteca por parte de Tlaxiaco, que provocó un mar de sombreros ondeando al viento.

Cada región aportó su esencia, desde los versos pícaros de la Costa hasta el ritual guerrero de la Danza de la Pluma, con sus penachos que giraban como espirales de historia.

Pero esta edición de la Guelaguetza no solo fue arte y herencia: fue también un acto de solidaridad. Tal como lo anunció semanas atrás el gobernador Salomón Jara Cruz, todos los fondos recaudados serán destinados a apoyar a las comunidades de la Costa afectadas por el huracán Erick.

La fiesta se volvió puente entre la tradición y el compromiso, entre la belleza del presente y la responsabilidad con el futuro.

Y como dicta la costumbre, al final de cada presentación, el cielo del auditorio se llenó de naranjas, piñas, pan y café, que volaron del escenario al público en señal de agradecimiento.

Porque aquí, en Oaxaca, la Guelaguetza es más que una fiesta: es el corazón latiendo al ritmo de su gente.

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