Opinión de Israel Díaz Arriaga
Hace apenas unas semanas, el mes de junio rompió todos los récords históricos de lluvia en México, con un acumulado nacional de 155.5 mm, es decir, 55.7 mm más que el promedio de 99.8 mm registrado entre 1991 y 2020. Esto no fue un dato más: fue el presagio de lo que hoy vemos repetirse con intensidad en muchas ciudades y pueblos del país.
Empecemos en la Ciudad de México, donde julio también marcó un precedente: 298 mm de lluvia, el doble de lo acostumbrado en un mes y solamente el 31 de julio se precipitaron más de 38 millones de metros cúbicos de agua. Solo en una noche, el Centro Histórico acumuló 84 mm, 50 de ellos en apenas 20 minutos, lo que bastó para colapsar el aeropuerto, Metro, vialidades y dejar a miles varados, incomunicados y algunos otros en riesgo.
¿Y el saldo humano?
En apenas dos meses, lluvias e inundaciones han afectado al menos a 16 estados: 37 personas fallecieron, con muertes confirmadas en Oaxaca (10), Guanajuato (6), Chihuahua (5), Jalisco y San Luis Potosí (4 cada uno), Morelos (3), y una en Guerrero, Hidalgo, Tamaulipas y Colima, esta última en un accidente de tránsito vinculado al clima.
En el Estado de México, cobró notoriedad el caso de una familia que quedó atrapada en su coche, casi completamente sumergida siendo la rápida intervención de paramédicos la que evitó una tragedia mayor. En San Luis Potosí, la tormenta tropical Barry desbordó ríos provocando 1.6 metros de altura del agua en algunas zonas, dañó más de 1,500 viviendas.
¿Quiénes pagan el precio más alto?
Son las personas de menores recursos quienes sufren en carne propia estos episodios. Muchas viven en zonas bajas, sin drenaje adecuado, lejos de soporte institucional. Sabemos que 41% de las indemnizaciones por riesgos hidrometeorológicos en México corresponden a inundaciones y lluvias, pero los más afectados suelen ser precisamente los que no tienen seguro o las pólizas no les cubren los daños reales.
Además, más del 80% del país experimentó condiciones de lluvia por arriba del promedio y 26 entidades rompieron sus marcas habituales, con Guerrero, Estado de México, Morelos y Veracruz particularmente golpeados. Es decir: no es solo un problema local o temporal, sino una urgencia nacional, que golpea especialmente al que menos puede protegerse.
Lo que dejan las tormentas al descubierto en la sociedad
- La fragilidad urbana frente al clima extremo: ciudades capitales que colapsan con lluvia —vialidades inundadas, árboles caídos, millones de litros de agua en minutos— revela que nuestra infraestructura sigue sin estar a la altura.
- El vínculo entre cambio climático y desigualdad: el clima extremo es un problema de todos, pero sus consecuencias, casi siempre, recaen primero en los que menos tienen.
- La necesidad de prevención real, no solo reactiva mapear zonas vulnerables —como ya lo hizo la UNAM en el Valle de México— y actuar sobre drenajes, zonas bajas y vialidades, es urgente.
- Urgencia de política social protectora: seguros accesibles, apoyo a damnificados, comunicación clara y oportuna para comunidades, especialmente rurales o indígenas (como ha señalado Artículo 19 en otros contextos, aunque de años anteriores, sigue siendo pertinente).
- Responsabilidad colectiva: no basta lamentarse tras la tormenta; debemos exigir soluciones que protejan a todos, especialmente a los más frágiles.
Para la reflexión
Imagina a Doña Mari, que vive en Iztapalapa, que solo tiene un cuartito y un pasillo por donde corre el agua estropeando su vivienda y cada mueble en su interior; al señor Luis, quien vende dulces en Tamazunchale, San Luis Potosí y perdió toda su mercancía; a los niños de algunos municipios en Puebla que no pudieron ir a clases porque la escuela estaba hasta el cuello de agua. Ellos no están en la nota de primera plana, pero son los verdaderos protagonistas de lo que está pasando.
Así que sí: esta no es solo otra columna. Es un llamado a vernos unos a otros, a exigir justicia climática, urbana y social. Cuando el agua desborda calles y hogares, destruye vialidades y provoca socavones también está llamada a desbordar nuestra empatía. Y si usamos datos como estos —duros, reales, urgentes— como base, estamos poniendo en las manos del lector la conciencia que necesita para reclamar un México preparado, justo y solidario.



