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Cuando la ficción se queda corta

Opinión de Omar Galván Toledano

Lamentablemente, la serie Ironheart es un fracaso. Totalmente desconectada, con diálogos predecibles y escenas recicladas, la arrogancia de la protagonista termina por incomodar. Es una pena, sobre todo por el dinero invertido y las ilusiones de quienes trabajaron en el proyecto. ¿Cómo es posible que alguien apruebe un guion así? Francamente, resulta incomprensible.

Lo más rescatable de la serie es su eslogan: “Todo sueño tiene un costo”. La premisa es sencilla: una niña genio que sueña con construir un traje similar al de Tony Stark para apoyar a socorristas y bomberos. Sin embargo, carece de recursos y tampoco recibe apoyo de Stark Industries ni de Wakanda, a pesar de que ambos conocen sus capacidades.

Ante la falta de opciones, la joven termina aliándose con criminales que le ofrecen recursos a cambio de “trabajitos”. Una historia que, más allá de la ficción, refleja una realidad común: jóvenes que se integran al crimen organizado a cambio de unos cuantos pesos.

Este caso me recordó a Roberta “Bobby” Draper, uno de los personajes más memorables de la saga de ciencia ficción The Expanse. Bobby es una oficial del ejército de Marte, altamente entrenada y comprometida con la defensa de su planeta. Tras sobrevivir al ataque de un arma desconocida —donde muere todo su pelotón—, se ve obligada a mentir y culpar a sus propios compañeros para evitar una guerra con la Tierra.

Humillada y traicionada, descubre que militares marcianos encubren el desarrollo de esa arma para venderla al mejor postor. Con la información en la mano, pide asilo político en la Tierra, protege a una senadora de la ONU y juntas destapan una conspiración que pone en jaque a ambos planetas. Gracias a ello evita una guerra nuclear.

El desenlace, sin embargo, es cruel: al acabar la posibilidad de una guerra se desmantela gran parte del ejército marciano y a pesar de recibir condecoraciones, Bobby es dada de baja por resistirse a seguir las órdenes. La heroína termina trabajando en los astilleros marcianos, donde entra en contacto con un cartel que trafica piezas de armamento militar de deshecho. De militar condecorada a sicaria: así de rápido puede girar la vida.

La ficción, a veces, se queda corta frente a la realidad.

Por ejemplo esta el caso de David Hahn, conocido como “El Boy Scout Radioactivo”. Originario de Detroit Michigan en los años noventa, fue un joven curioso y entusiasta que, inspirado por un libro de química infantil, se dedicó a realizar experimentos en su cuarto. Tras varias explosiones menores, su familia lo confinó al sótano para que siguiera con sus experimentos sin mayores riesgos.

Con el tiempo, Hahn concluyó que la energía nuclear podría ser una alternativa barata ante el alza de los combustibles. Convencido de ello, decidió construir un reactor nuclear en la caseta del patio trasero de su casa.

Se hizo pasar por investigador universitario para obtener información de institutos y universidades de Estados Unidos. Consiguió “cesio 40” de alarmas contra incendio y adquirió, a bajo costo, lotes defectuosos de esos detectores. Finalmente, reunió suficiente material para intentar una “masa crítica”, que cubrió con papel aluminio. Como era previsible, no pudo controlar la reacción.

Notas periodísticas señalan que la radiación fue detectada a dos cuadras de su casa. Cuando comprendió el peligro, desmanteló el reactor y escondió el material en una caja de herramientas.

Espero a que cayera la noche para subir todo el equipo a su coche.

Vecinos que lo vieron sospecharon de un robo y llamaron a la policía, sin imaginar lo que ocurría. El caso terminó con la intervención de las autoridades competentes y la limpieza del lugar.

Más tarde, Hahn se enlistó en la Marina de Estados Unidos, sirvió en un portaaviones nuclear, esperando hacer una carrera como especialista, pero fue dado de baja sin mayor reconocimiento. Años después, murió por sobredosis de alcohol y fentanilo a los 39 años. En sus últimas fotografías aparecía con lesiones en el rostro. Nunca aceptó hacerse estudios para determinar si eran consecuencia de la radiación.

Y aquí me permito una especulación responsable: si David Hahn hubiera hecho sus experimentos en la actualidad, ¿habría terminado reclutado por el crimen organizado?

La pregunta no es descabellada. En diciembre de 2024, The New York Times publicó una investigación donde se revelaba que los cárteles reclutan a jóvenes estudiantes y profesores de química para producir drogas, al más puro estilo de Breaking Bad.

Cuando la sociedad cierra las puertas, el crimen abre los brazos.

Las opiniones expresadas son estrictamente personales y no representan necesariamente la postura editorial del medio de comunicación.

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