Opinión de Israel Díaz Arriaga
Hablar de educación pública en México es, inevitablemente, hablar de sus ausencias. No solo de las carencias materiales que hoy aquejan a escuelas, docentes y estudiantes, sino de la falta de figuras de primera categoría intelectual y moral al frente de la Secretaría de Educación Pública. En ese vacío contemporáneo, el nombre de Jaime Torres Bodet emerge no como una nostalgia gratuita, sino como un recordatorio incómodo de lo que significa concebir la educación como un proyecto de nación y no como un botín político, visión que ha imperado ya en varios sexenios.
Torres Bodet fue dos veces secretario de Educación Pública de 1943 a 1946 y de 1958 a 1964; además de diplomático, poeta, ensayista y director general de la UNESCO. Esa sola trayectoria explica buena parte de su visión: entendía la educación como un fenómeno cultural integral, no como un trámite administrativo ni como un instrumento de propaganda. Para él, educar era formar ciudadanos, ampliar horizontes y construir igualdad desde el conocimiento.
Durante su primera gestión en la SEP impulsó la campaña nacional contra el analfabetismo, consciente de que un país donde la mayoría no sabía leer ni escribir estaba condenado a la dependencia y la desigualdad. No se trató solo de alfabetizar por cifras, sino de llevar la educación a zonas rurales y marginadas, donde el Estado históricamente había estado ausente. La alfabetización, para Torres Bodet, era una política de justicia social.
En su segunda etapa como titular de la SEP, uno de sus mayores legados fue el Plan de Once Años, quizá el esfuerzo más serio y estructurado del siglo XX para ampliar la cobertura de la educación básica. Bajo ese plan se construyeron miles de escuelas, se incrementó el número de maestros y se fortaleció la educación primaria como eje central del desarrollo nacional. No era un proyecto improvisado: estaba sustentado en diagnósticos, planeación y una visión de largo plazo.
Pero su legado no se limita a infraestructura o estadísticas. Torres Bodet defendía con firmeza la calidad educativa, entendida como la formación integral del individuo. Creía que la educación debía cultivar el pensamiento crítico, el amor por la cultura, la disciplina intelectual y el sentido ético. Por ello dio especial importancia a los libros de texto, a la formación docente y a la vinculación entre educación y cultura. No es casualidad que haya sido también un promotor incansable de bibliotecas, editoriales y espacios culturales.
Esa concepción contrasta de manera dramática con la realidad actual. Hoy, la Secretaría de Educación Pública parece atrapada entre reformas inconclusas, cambios curriculares poco claros y una politización que ha debilitado su función esencial. La calidad educativa en México se ha visto mermada de forma sostenida, como lo muestran diversas evaluaciones nacionales e internacionales: bajos niveles de comprensión lectora, rezagos en matemáticas, abandono escolar y profundas brechas entre regiones.
Más grave aún es que la educación ha dejado de ser tratada como una política de Estado y se ha convertido en una arena de disputas ideológicas y electorales. Se cambian modelos sin evaluar los anteriores, se desconfía del conocimiento técnico, se minimiza la voz de especialistas y se sustituye la planeación por el discurso. En ese contexto, la figura de Jaime Torres Bodet no solo resulta admirable, sino profundamente necesaria.
Porque dirigir la SEP no es un encargo menor. Es, quizá, una de las responsabilidades más grandes del Estado mexicano: preparar a la población para comprender el mundo, participar en la vida democrática, competir en un entorno global y construir una sociedad más justa. Esa tarea exige perfiles con formación sólida, visión humanista, capacidad técnica y autoridad moral. Exige, en pocas palabras, figuras de primera categoría.
La pregunta inevitable es si México está invirtiendo en educación lo que realmente necesita. Aunque el discurso oficial suele destacar aumentos presupuestales, la realidad muestra que el gasto educativo, en proporción al tamaño de la población y a los desafíos del país, sigue siendo insuficiente y, en muchos casos, mal orientado. Se destina una gran parte del presupuesto a gasto corriente, mientras que la inversión en infraestructura, capacitación docente, investigación y tecnología educativa es limitada.
Comparar lo que México invierte en educación con lo que destina a otros rubros —incluidos proyectos de dudosa rentabilidad o gastos que no generan bienestar a largo plazo— debería ser un ejercicio obligado para cualquier ciudadano. Porque cada peso que no se invierte en educación hoy es una oportunidad perdida para reducir desigualdades mañana. Y cada generación que recibe una educación deficiente es una generación a la que se le cierran puertas.
Jaime Torres Bodet entendió algo fundamental: la educación no da resultados inmediatos, pero define el destino de un país. No produce aplausos rápidos ni réditos electorales instantáneos, pero construye las bases de la democracia, la economía y la cultura. Por eso apostó por ella con convicción, con seriedad y con una visión que trascendía sexenios.
Rendirle homenaje no significa idealizar el pasado ni ignorar los desafíos actuales. Significa reconocer que México ya supo apostar por la educación con grandeza y que puede volver a hacerlo. Significa exigir que la Secretaría de Educación Pública deje de ser un espacio de improvisación y vuelva a ser un motor de desarrollo. Y, sobre todo, significa invitar al lector a preguntarse si el país está dispuesto a invertir en su futuro o seguirá administrando su rezago.
Porque al final, como lo demostró Torres Bodet, la educación no es un gasto: es la inversión más profunda que una nación puede hacer en sí misma. Y México, hoy más que nunca, necesita recordarlo.
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