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Reflexiones sobre el autoritarismo como forma de gobernar: Estados Unidos, Rusia y México

Opinión de Israel Díaz Arriaga

A partir de la ilegal captura de Nicolás Maduro por fuerzas estadounidenses la madrugada del sábado 3 de enero de 2026 que ha sacudido al mundo estamos obligados a mirar de cerca cómo opera la lógica del autoritarismo, en todas las escalas; ese impulso de los poderosos -de izquierda y derecha- por imponer su voluntad sin medir consecuencias para los más vulnerables.

La lógica del poder sin freno

Imaginemos ser un vecino común en Caracas, despierto por helicópteros en la noche, y de repente el líder de nuestro país es sacado esposado por tropas extranjeras. Eso que suena a película, pasó en Venezuela: Estados Unidos, bajo el mando del presidente Donald Trump, irrumpió violando la soberanía nacional y el Derecho Internacional, como lo establecen la Carta de la ONU y tratados como el Pacto de No Agresión. Trump lo justificó como un golpe al narcotráfico, pero sus discursos recientes dejan ver el verdadero premio: el petróleo venezolano, cuyas reservas son las más grandes del mundo. Es un patrón viejo: el poderío militar disfrazado de justicia.

Esta movida no es aislada. Miremos concretamente al otro hemisferio, Rusia con Ucrania: Putin invade en 2022 alegando “desnazificación”, pero todos sabemos que los recursos gasíferos y minerales del Donbás son el anzuelo real. Ambos casos muestran la misma receta autoritaria: un líder fuerte decide unilateralmente, ignora cortes internacionales como la CPI o la OEA, y pisotea a naciones más débiles. Venezuela y Ucrania, con economías frágiles, pagan el precio de no tener el músculo para responder.

Ideologías que ciegan

Así, se observa un punto en concreto: ni la izquierda ni la derecha tienen la receta mágica. La izquierda chavista en Venezuela habla de “imperialismo yanqui” para justificar su propio control férreo, cerrando medios y persiguiendo opositores. La derecha trumpista grita “lucha contra el narco” mientras sus empresas petroleras babean por los pozos. Y Putin, con su nacionalismo ruso, es el espejo: ideología al servicio del poder.

Todos los bandos políticos cometen arbitrariedades. Justifican invasiones o detenciones con discursos grandilocuentes –”proteger al pueblo”, “defender la democracia y la libertad”, “combatir el mal”–, pero al final violan la soberanía de países menores y a las instituciones públicas. Estados Unidos y Rusia, con sus ejércitos y economías gigantes, actúan como matones de barrio, como un bully en el salón de clase: imponen su ley porque pueden, sin consultar a la ONU ni respetar fallos de La Haya. Es autoritarismo puro, vestido de rojo o azul, pero igual de tóxico para la gente común que solo quiere vivir en paz.

La sordera de los poderosos

Lo peor es cómo estos regímenes –sean de izquierda, derecha o lo que sea– cierran oídos a las voces disidentes. En Venezuela, Maduro aplastó protestas indígenas y opositores; Trump ignora a pacifistas en su país que piden diálogo; Putin encarcela a periodistas rusos que cuestionan la guerra. Todos imponen su ideología por encima de minorías: mapuches en el sur, activistas ambientales en el norte, o comunidades rurales que pierden todo en conflictos ajenos.

Esta ceguera no es solo de extranjeros. En México, hemos visto ecos autoritarios: gobiernos que priorizan su narrativa sobre instituciones, silenciando a pueblos originarios o ambientalistas. ¿Cuántas veces una presidencia, del color que sea, ha pasado por encima de la Suprema Corte o el INE para empujar reformas? Es el mismo mal: el poder político ahoga las voces que no comulgan, el disidente debe de ser aniquilado.

Hacia instituciones sólidas que resistan

Para no caer en esto, México necesita instituciones de acero. Primero, fortalecer la independencia judicial: que la Corte no sea un sello de goma, sino un muro contra arrebatos. Segundo, democratizar el diálogo: foros obligatorios donde indígenas, ecologistas y opositores opinen antes de decisiones grandes, como en reformas energéticas. Tercero, blindar la soberanía con alianzas regionales, como una CELAC más unida, para que nadie nos vea como presa fácil.

No se trata de odiar a Trump, Maduro o Putin, sino de aprender: el autoritarismo prospera donde las instituciones y sus reglas son débiles y las voces diversas calladas. En nuestro país, con elecciones cercanas y tensiones internas, es hora de elegir el camino de las instituciones sólidas. Así, la gente común –tú, yo, el vecino– no quedamos a merced de caprichos ajenos. La historia de Venezuela nos grita: actúa ahora o paga después.

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