Cada primavera, la Ciudad de México se transforma en un gran corredor violeta gracias a la floración de miles de jacarandas que adornan calles, avenidas, plazas y parques. Entre febrero y abril, este espectáculo natural convierte a la capital en uno de los paisajes urbanos más fotogénicos del país y atrae a visitantes nacionales y extranjeros que recorren la ciudad para admirar sus copas moradas.
Más que un atractivo visual, las jacarandas se han consolidado como un símbolo turístico de la ciudad, con impacto directo en la promoción internacional y la ocupación hotelera, así lo considera la secretaria de Turismo capitalina, Alejandra Frausto Guerrero, quien destaca que durante esta temporada, las avenidas y parques se convierten en corredores violetas que invitan a caminar la ciudad y a redescubrir sus barrios desde el espacio público, en una experiencia comparable con la famosa floración de cerezos en Japón.
Los puntos más visitados durante esta temporada se encuentran en corredores turísticos como Paseo de la Reforma, Bosque de Chapultepec, Roma–Condesa y Coyoacán, donde el turismo fotográfico florece junto con las jacarandas. Restaurantes, cafeterías, hoteles y comercios reciben mayor afluencia de visitantes que aprovechan el paisaje para recorrer la ciudad y capturar imágenes de uno de los momentos más emblemáticos del año.
La historia de estos árboles en la capital se remonta al siglo XIX, cuando el paisajista japonés Tatsugoro Matsumoto, encargado del diseño de jardines del Castillo de Chapultepec y de residencias en la colonia Roma, impulsó su plantación como alternativa a los cerezos japoneses. Con el tiempo, las jacarandas se integraron al paisaje urbano hasta convertirse en un símbolo cultural y ambiental de la ciudad.
Además de su valor turístico, estos árboles —que pueden vivir hasta 50 años— aportan beneficios ambientales al proporcionar sombra, mitigar el calor urbano y capturar partículas contaminantes.
Para autoridades capitalinas como la jefa de Gobierno Clara Brugada, la temporada de jacarandas reafirma la vocación de la capital como un destino donde naturaleza, cultura y vida urbana conviven, convirtiendo a la primavera en una de las épocas más atractivas para visitar la metrópoli.



