Opinión de Israel Díaz Arriaga
La polarización no comienza cuando pensamos diferente, sino cuando dejamos de reconocer en quien piensa distinto a un ciudadano con los mismos derechos. Hay una diferencia fundamental entre disentir y despreciar. Entre cuestionar una idea y descalificar a quien la sostiene. Entre competir por el poder y considerar que quien piensa diferente representa una amenaza que debe ser derrotada a cualquier costo.

Esa diferencia, que parece sencilla, constituye uno de los pilares menos visibles de cualquier democracia.
Las sociedades democráticas no se construyen sobre la unanimidad. Por el contrario, nacen del reconocimiento de que las personas tienen intereses, valores y visiones del mundo distintos, y de que ninguna de esas diferencias debería impedirles compartir un espacio político común.
Sin embargo, cuando el desacuerdo deja de entenderse como una condición natural de la convivencia y comienza a interpretarse como una confrontación entre buenos y malos, algo esencial se deteriora. El adversario deja de ser alguien con quien competimos legítimamente y se convierte en alguien cuya existencia política parece intolerable.
Es entonces cuando la política deja de ser un instrumento para resolver diferencias y comienza a convertirse en una fábrica de antagonismos.
El problema no es pensar diferente, conviene aclararlo desde el principio: la polarización no es necesariamente negativa. Una sociedad políticamente activa debe ser capaz de discutir, cuestionar y confrontar proyectos distintos. La discrepancia puede revelar problemas que de otro modo permanecerían ocultos y obligar a los gobiernos a justificar sus decisiones.
El problema aparece cuando esa confrontación abandona el terreno de las ideas y se traslada a la identidad de las personas.
El investigador estadounidense Lilliana Mason, en sus estudios sobre polarización afectiva, ha explicado cómo las identidades partidistas pueden adquirir una dimensión emocional que trasciende las preferencias electorales. Cuando la pertenencia a un grupo político se convierte en parte central de nuestra identidad, las opiniones del grupo contrario pueden generar rechazo incluso antes de que examinemos sus argumentos.
En otras palabras, dejamos de preguntarnos si una propuesta es razonable y comenzamos a preguntarnos quién la propone.
El resultado es una distorsión del juicio ciudadano: aceptamos argumentos deficientes cuando provienen de quienes consideramos nuestros aliados y rechazamos planteamientos razonables cuando proceden de nuestros adversarios.
La lealtad sustituye al análisis. La identidad desplaza a la evidencia.
Y una democracia en la que los ciudadanos dejan de evaluar las ideas por sus méritos pierde una de sus principales herramientas para corregir sus propios errores.
Este fenómeno no es exclusivo de México, pero nuestro país ofrece elementos suficientes para examinarlo. El informe La continuidad del cambio, publicado por International IDEA en 2024, recoge datos del proyecto Varieties of Democracy (V-Dem) que muestran un incremento de la polarización afectiva en México: el indicador pasó de 2.06 en el año 2000 a 3.60 en 2023, en una escala de cero a cuatro.
La cifra merece atención, aunque debe interpretarse correctamente. No significa que todos los mexicanos se encuentren enfrentados ni que la sociedad haya perdido su capacidad de diálogo. Se trata de un indicador de tendencias agregadas que permite observar la evolución de las divisiones políticas y sus componentes emocionales.
Por su parte, el investigador Alejandro Moreno, en su artículo Facetas de la polarización política en México, publicado en 2024 en la revista Foro Internacional de El Colegio de México, advierte que la polarización nacional tiene distintas dimensiones: ideológica, partidista, afectiva y vinculada con las posiciones frente a la llamada Cuarta Transformación.
Su análisis también introduce una precisión importante: no todas las formas de polarización son igualmente intensas y algunas percepciones de división pueden ser mayores que las diferencias emocionales efectivamente registradas entre los ciudadanos.
Esta distinción es relevante porque evita caer en una generalización: México no es una sociedad en la que todos se odien, pero sí enfrenta dinámicas políticas que pueden profundizar las divisiones y dificultar la construcción de acuerdos.
El riesgo consiste en normalizar la idea de que pertenecer a un grupo político determina automáticamente la calidad moral de una persona. Como si votar por una opción implicara poseer todas las virtudes y elegir otra significara carecer de ellas.
La ciudadanía es mucho más compleja que una preferencia electoral. Cuando la confrontación se convierte en estrategia, la polarización también puede ser utilizada como herramienta de movilización política.
Un discurso que divide el mundo entre quienes están con nosotros y quienes están contra nosotros simplifica la realidad, fortalece las lealtades internas y convierte cualquier crítica en una supuesta agresión al grupo.
Su eficacia política puede ser evidente, pero sus consecuencias institucionales son menos visibles y más duraderas. El Democracy Report 2025 del Instituto V-Dem documentó que la polarización política aumentó significativamente en nueve países durante sus procesos electorales de 2024. El mismo informe advierte que la desinformación y la polarización pueden reforzarse mutuamente y contribuir al deterioro democrático.
No se trata de afirmar que toda confrontación política conduce al autoritarismo. Sería una conclusión excesiva. Se trata de reconocer que, cuando la descalificación sistemática sustituye a la deliberación, se debilitan las condiciones que permiten a una sociedad resolver sus diferencias mediante reglas compartidas.
La democracia necesita adversarios que puedan enfrentarse en las urnas, debatir en los espacios públicos y cuestionarse mutuamente, pero que también reconozcan la legitimidad del otro para participar.
Sin ese reconocimiento, la competencia política corre el riesgo de transformarse en una disputa en la que el objetivo deja de ser convencer a los ciudadanos y pasa a ser silenciar al contrario.
Quizá uno de los efectos más preocupantes de la polarización sea la facilidad con la que nos convencemos de que nuestras propias convicciones nos colocan por encima de quienes discrepan. Es una tentación que no pertenece a una ideología, un partido o un gobierno en particular. Puede manifestarse en cualquier sector político y en cualquier sociedad.
Quien está convencido de poseer la verdad absoluta difícilmente encuentra razones para escuchar. Si considera que sus adversarios actúan de mala fe por definición, cualquier intento de diálogo le parecerá una concesión innecesaria.
Pero la democracia no puede depender de que todos compartamos una misma interpretación de la realidad. Su fortaleza reside, precisamente, en establecer mecanismos para que personas con convicciones diferentes puedan convivir, competir y tomar decisiones colectivas sin recurrir a la imposición.
Esto exige una disposición que parece cada vez más escasa en el debate público: la humildad intelectual. Reconocer que podemos equivocarnos no debilita nuestras convicciones. Nos permite someterlas a prueba. Escuchar un argumento contrario no significa aceptarlo. Cuestionar a nuestros aliados no implica traicionarlos.
La madurez democrática comienza cuando dejamos de considerar que la discrepancia es una ofensa personal.
No necesitamos una sociedad sin diferencias. Necesitamos una sociedad capaz de administrarlas. Para ello, los ciudadanos debemos recuperar una distinción elemental: el adversario político es alguien con quien disputamos legítimamente el rumbo de nuestra comunidad; el enemigo es alguien cuya existencia consideramos incompatible con nuestros propios intereses.
Confundir ambas figuras tiene consecuencias que van más allá de las campañas electorales. Afecta las relaciones familiares, deteriora las conversaciones cotidianas, contamina los espacios digitales y reduce nuestra disposición a cooperar incluso en asuntos que deberían unirnos.
Un país no puede resolver sus problemas si sus ciudadanos consideran que cualquier acuerdo con quienes piensan diferente constituye una derrota. Tampoco puede fortalecer sus instituciones si cada decisión se interpreta exclusivamente como una victoria de un bando sobre otro.
La democracia no exige renunciar a nuestras convicciones, sino reconocer que ninguna de ellas nos concede el derecho de negar la dignidad, las libertades o la participación política de los demás. El verdadero peligro de la polarización no es que terminemos pensando diferente, sino que lleguemos a creer que, por pensar diferente, ya no tenemos nada que compartir.
Y cuando una sociedad pierde esa capacidad de reconocerse a sí misma como una comunidad, lo que se debilita no es solamente el diálogo político: es la posibilidad misma de construir un futuro común.



