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Nueve de cada diez personas que dejan su empleo para cuidar son mujeres. El trabajo que mueve la economía sigue sin pagarse

Tres cuartas partes del trabajo de cuidados no remunerado lo realizan las mujeres. Nueve de cada diez personas que abandonan su empleo para cuidar también son mujeres. Y, solo en Nuevo León, el valor económico de ese trabajo equivale a 2.5 veces el presupuesto anual del estado.

No son cifras sobre pobreza ni sobre desempleo, son datos que muestran el tamaño de una economía que existe, genera riqueza y sostiene a la sociedad, pero que sigue siendo prácticamente invisible.

La economía del cuidado fue el centro de un panel organizado por Promujer, donde representantes de gobierno, sociedad civil, empresas y consultoría internacional coincidieron en un punto: mientras cuidar siga siendo una responsabilidad casi exclusiva de las mujeres, la igualdad laboral seguirá siendo una meta lejana.

“El cuidado sostiene la vida, pero también es un motor para la economía”, resumió Marta Herrera, secretaria de las Mujeres de Nuevo León.

Una economía que nadie ve

Herrera explicó que la llamada crisis de los cuidados ya no puede analizarse únicamente como un asunto de bienestar social.

“Si no ponemos atención, estamos dejando de lado muchas oportunidades, seguimos poniendo muchos desafíos, pero sobre todo quien más pierde es la economía”.

La funcionaria recordó que el reto crecerá rápidamente durante los próximos años debido al envejecimiento poblacional y al aumento de personas que requerirán atención permanente.

Tenemos claridad de que al 2030 podrán ascender a 2 mil 300 millones las personas receptoras de cuidados. Eso es un monstruo“.

Frente a ese panorama, dijo, ya no bastan programas aislados y que necesitamos un sistema estructurado que deje de tener “programitas” y que realmente sea transversal. Debemos, agregó, entender quiénes necesitan ser cuidados, quiénes son las personas cuidadoras, cómo capacitarlas, cómo remunerarlas y cómo trabajar coordinadamente entre todos los sectores.

En Nuevo León ya comenzaron ese camino con una iniciativa para crear un Sistema Estatal de Cuidados, el regreso de estancias infantiles, escuelas de tiempo completo, centros comunitarios del cuidado y apoyos económicos para cuidadoras.

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El problema no es que las mujeres cuiden

Para María del Mar, de Fundación Soy Oportunidad, el debate suele comenzar en el lugar equivocado.

“No me cansé de hablar de la economía del cuidado; me cansé de hablar de ella sin saber qué hacer con eso”.

Por eso, su organización decidió concentrarse en un objetivo concreto: ayudar a que las mujeres cuidadoras puedan incorporarse al mercado laboral y, al mismo tiempo, convencer a las empresas de modificar sus políticas de contratación.

Porque, afirma, reconocer el trabajo de cuidado no basta. Las cuidadoras siguen siendo reconocidas porque cuidan, pero no les estamos dando independencia económica. ¿Cómo hago para mezclar eso?

La respuesta, dijo, es clara: Las primeras que tienen que hacer cambios estructurales son las empresas que van a contratar a esas mujeres.

Actualmente trabajan con 25 empresas colombianas que han flexibilizado horarios, esquemas de contratación y políticas internas para facilitar la incorporación de mujeres cuidadoras.

Y sostiene que los beneficios son inmediatos.

“Yo garantizo que esa mujer se va a proyectar en la empresa, va a ser la más comprometida, porque es la primera vez que alguien se sienta con ella y le pregunta: ‘¿Qué podemos hacer diferente para que trabajes aquí y te quedes?'”

Mujer limpiando.
Foto de CDC en Unsplash.

Un modelo laboral pensado para otro mundo

Una de las reflexiones que más resonó durante el panel fue la de María del Mar al recordar el origen de la jornada laboral moderna.

Explicó que el esquema de ocho horas de trabajo, ocho de descanso y ocho de ocio nació durante la Revolución Industrial, cuando prácticamente solo los hombres participaban en el trabajo remunerado.

“¿Ustedes creen coherente que en el siglo XXI sigamos trabajando bajo esas mismas jornadas, cuando las mujeres ya entraron al mercado laboral y además siguen siendo quienes cuidan?”

Para ella, la sociedad atraviesa una nueva transformación.

“Estamos haciendo nuestra propia revolución. Somos mujeres diciendo: ‘Esto ya no me funciona. Necesito cuidar, pero también necesito proveer'”.

La conclusión fue una de las frases más potentes del encuentro: Cuidar no es una labor de mujeres. Cuidar es una labor de humanos.

El tiempo también es riqueza

Catalina Rubiano, de Seguros Bolívar y Fundación Bolívar Davivienda, llevó la conversación hacia un recurso que suele pasar desapercibido: el tiempo, el cual considera el factor más importante y explicó por qué.

“Si no logramos que las mujeres dediquen tiempo a estudiar, capacitarse o desarrollarse profesionalmente, no van a poder avanzar en sus carreras”.

Para Rubiano, las políticas de cuidado deben dejar de enfocarse únicamente en ofrecer cursos o programas. Primero hay que liberar tiempo. Dijo que no solo se necesitan crear capacitaciones, se necesita darles tiempo para que puedan aprovecharlas.

También insistió en que la conversación debe dejar de dirigirse únicamente a las mujeres. Recordó que en Colombia el 80% del trabajo de cuidados no remunerado sigue recayendo en ellas.

“Los hombres tienen que entrar a estas conversaciones. Cuando hacemos convocatorias para hablar de cuidados, normalmente llegan mujeres para ayudar a otras mujeres. Ese es el primer cambio que tenemos que hacer”.

Cambiar también el lenguaje

Rubiano planteó otro frente poco discutido: la representación del cuidado.

“Desde los comerciales, la radio, la televisión, los catálogos o los folletos seguimos mostrando a las mujeres únicamente cuidando. ¿Qué tal si también las mostramos liderando empresas, tomando decisiones, siendo protagonistas?”

Porque, dijo, la representación también construye posibilidades. Si no nos vemos representadas, difícilmente podremos imaginar que podemos estar ahí.

Además, propuso incorporar indicadores específicos de cuidados dentro de las estrategias empresariales. Dijo que si no se miden los cuidados, nunca se podrá demostrar que las cosas están cambiando.

La corresponsabilidad empieza en casa… y continúa en la oficina

Las panelistas coincidieron en que redistribuir el cuidado implica cambiar tanto la organización familiar como la laboral.

“Nos tenemos que repensar cómo organizamos el trabajo porque sigue estando diseñado para alguien que no cuida”, reflexionó la moderadora, Alejandra Padilla.

María del Mar fue más allá: Muchísimos hombres quisieran tener más tiempo para cuidar y tampoco pueden, porque se sigue pensando que quien puede pedir permiso para atender a un hijo es únicamente la mamá.

Por eso, sostuvo, flexibilizar el trabajo no beneficia únicamente a las mujeres.

No porque yo cuide trabajo menos. Al contrario. Si puedo cuidar y tengo tranquilidad de que todo está bien, trabajo mejor“.

Invertir en cuidados también genera crecimiento

Marta Herrera insistió en que el cuidado debe entenderse como infraestructura económica.

Las empresas, dijo, todavía no dimensionan lo que pierden cuando ignoran este tema.

En Nuevo León, un estudio encontró que cada persona empleada representa pérdidas cercanas a 120 mil pesos debido a la rotación relacionada con responsabilidades de cuidado.

“Tenemos que hacerles entender lo que están perdiendo. Las empresas también piensan en cómo ahorrar. Bueno, aquí hay una oportunidad enorme”.

La funcionaria considera que el Estado debe crear las condiciones, pero que el sector privado, las universidades, las organizaciones civiles y los inversionistas también tienen una responsabilidad compartida. Dijo que se necesitan tecnología, financiamiento, infraestructura y nuevas ideas. Esto requiere la participación de todos.

Una conversación que apenas comienza

Al cerrar el panel, Alejandra Padilla recordó que el cuidado suele asociarse únicamente con la crianza de hijos pequeños, cuando el envejecimiento de la población está transformando rápidamente esa realidad.

Ya somos muchas las personas de la generación sándwich. Cuidamos hijos y también cuidamos adultos mayores. O incluso no tuvimos hijos y hoy cuidamos a nuestros padres.

La economía del cuidado, concluyeron las participantes, no trata únicamente de reconocer un trabajo históricamente invisibilizado.

Habla de reorganizar la forma en que vivimos, trabajamos y distribuimos el tiempo.

Porque mientras cuidar siga teniendo rostro de mujer, millones de ellas seguirán pagando con su desarrollo profesional, sus ingresos y su autonomía el costo de sostener una economía que depende, precisamente, de ese trabajo invisible.

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