Virginia Ferrer
En Temalacatzingo, Guerrero, el sonido del campo se mezcla con el pulso del arte. Ahí, entre calabazas secas, pigmentos naturales y herramientas hechas a mano, Juan Vázquez Menor preserva una tradición que ha pasado por al menos cinco generaciones: el cultivo y tratamiento artesanal del bule, una práctica ancestral que combina paciencia, creatividad y profundo respeto por la naturaleza.
Heredero de este saber transmitido por su madre, Carmen Menor Ortiz, Juan se ha convertido en un referente de la artesanía guerrerense y miembro del Consejo asesor del primer ORIGINAL Encuentro de Arte Decorativo y Utilitario, impulsado por la Secretaría de Cultura del Gobierno de México.
El bule —también conocido como guaje, jícaro o calabaza del peregrino— se transforma en las manos de Juan en piezas únicas: recipientes, alhajeros o figuras decorativas que conservan la forma natural del fruto.
El proceso es largo y meticuloso: siembra con las primeras lluvias, cosecha en octubre y deja secar cada pieza durante meses, incluso un año. “Solo las calabazas bien maduradas se convierten en arte”, comenta.
Con pigmentos naturales de grana cochinilla, flores como la bugambilia y aceites de chía obtenidas en comunidades cercanas -y otras no tanto-, el maestro da vida a colores intensos y resistentes que cuentan historias del entorno.
Cada pieza es creada con paciencia y esmero pues su elaboración puede llevar horas e incluso días, desde que se cortan los bules, hasta su secado, preparación de los pigmentos y la elaboración del diseño, por lo que cada pieza es única.
Más allá de la técnica, su trabajo es un acto de memoria y continuidad familiar. Aprendió el oficio de su madre y ahora, el continúa su legado. En su taller laboran diez personas, todas son parte de su familia. Tres de sus hijos se dedican de tiempo completo al oficio, mientras los demás —profesionistas— lo apoyan en la documentación y promoción del legado.
“Ya les pasé el conocimiento, ahora depende de ellos continuar”, dice con orgullo, mientras sus nietos graban los procesos para preservar la lengua náhuatl y los saberes tradicionales.
Cada pieza es también un manifiesto ecológico y cultural. Juan suele representar en sus obras animales en peligro o paisajes de su comunidad: aves, cactus, flores nativas. “Es para que no se olviden, para que recuerden lo que había. El arte también sirve para cuidar lo nuestro”, afirma.
Así, su trabajo se convierte en una forma de resistencia, belleza y enseñanza para las nuevas generaciones. Todas sus obras de arte, porque así deben llamarse, son valoradas tanto nacional como internacionalmente.
En el marco de este compromiso por dignificar la artesanía mexicana, del 16 al 19 de octubre, en el Centro de Convenciones Siglo XXI de Mérida, se celebrará el Encuentro Textil ORIGINAL Yucatán 2025, donde 300 maestras y maestros artesanos mostrarán huipiles, rebozos, bordados y arte decorativo. Entre ellos, la esencia de creadores como Juan Vázquez Menor seguirá recordando que la tradición no solo se hereda: se cultiva, se reinventa y se comparte con orgullo.



























