Un corrido para los policías que rechazaron los millones de “El Chapo”

Durante décadas, la cultura popular mexicana ha convertido a los grandes criminales en personajes de leyenda.

Sabemos sus nombres, apodos, excesos, fugas y amenazas. Sus historias aparecen en canciones, series, películas y conversaciones como si fueran protagonistas de una mitología propia.

Pero ¿qué sucede con quienes los enfrentan? ¿Quién recuerda a los policías que rechazan un soborno, resisten las amenazas y cumplen con su deber, aun cuando hacerlo puede poner en peligro su vida?

Esa es la pregunta que intenta abrir Está cabrón ser bueno, un corrido lanzado alrededor de La Captura, la película de Netflix que reconstruye la última detención de Joaquín “El Chapo” Guzmán.

Foto: Netflix.

La historia desde el lado menos contado

Estrenada el 21 de agosto pasado, La Captura vuelve a la madrugada del 8 de enero de 2016, cuando Guzmán fue localizado en Los Mochis, Sinaloa, después de escapar por un túnel durante un operativo de la Marina.

La película, protagonizada por Alfonso Herrera y Noé Hernández, no coloca al narcotraficante en el centro. La historia sigue a dos policías que lo interceptan y deben resistir el miedo, las amenazas y un soborno millonario mientras esperan que lleguen los refuerzos.

Ese cambio de perspectiva resulta significativo dentro de una industria que, durante años, ha presentado al capo como una figura fascinante: poderoso, astuto, desafiante y casi invencible. Aquí, en cambio, los protagonistas son dos hombres comunes que deciden no ceder.

La cinta está inspirada en hechos reales, pero no debe confundirse con un documento histórico.

En la detención participaron cuatro policías, cuyos nombres no se hicieron públicos, mientras que los dos agentes de la película son personajes ficticios.

La producción también incorpora situaciones creadas o modificadas para aumentar la tensión dramática.

Aun así, la decisión de mirar hacia los uniformados permite recuperar una parte poco contada de aquel episodio: hubo agentes que tuvieron frente a ellos a uno de los hombres más buscados del mundo y, pese a la posibilidad de recibir millones de dólares, eligieron entregarlo.

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¿Los corridos siempre han sido para los malos?

A partir de esta premisa, Netflix lanzó Está cabrón ser bueno, un corrido dedicado a los policías que participaron en la captura.

La canción adopta uno de los formatos más asociados en años recientes con los narcotraficantes, pero cambia al personaje central: esta vez no celebra al perseguido, sino a quienes lo detuvieron.

Sin embargo, sería injusto afirmar que el corrido mexicano siempre ha estado del lado de los malos.

Desde sus orígenes, el género ha relatado revoluciones, batallas, amores, migraciones, injusticias, tragedias y hazañas de personajes populares.

La propia película comienza con Alfonso Herrera cantando El Federal de Caminos, tema grabado por Ramón Ayala y Los Bravos del Norte en 1982.

La canción está inspirada en dos policías federales asesinados un año antes en una gasolinera de Zacatecas.

El problema no es, por tanto, que nunca se haya cantado a quienes representan la ley. Lo que cambió fue la enorme presencia que alcanzaron el narcocorrido y sus derivados, capaces de convertir al delincuente en una figura aspiracional.

En infinidad de estas canciones, el criminal no aparece únicamente como alguien que comete delitos. Es el hombre que tiene dinero, armas, mujeres, automóviles y poder; el que no obedece, se enfrenta al gobierno y consigue aquello que otros solo pueden imaginar.

La violencia se vuelve parte del espectáculo y el miedo termina disfrazado de respeto.

Película La captura. Netflix.

El criminal tiene apodo; el policía, anonimato

La iniciativa de Netflix plantea una contradicción interesante: existe una captura histórica, existen los policías y ahora también existe un corrido, pero no hay un cantante identificado públicamente que reclame la canción.

El anonimato se presenta como evidencia de lo difícil que resulta celebrar abiertamente a quienes hicieron lo correcto. Sin embargo, el boletín difundido sobre la campaña no explica quién compuso o interpretó el tema, si algún músico conocido rechazó participar ni si ocultar su identidad respondió a razones de seguridad, reputación o estrategia publicitaria.

Sin esa información, no puede afirmarse que nadie haya querido cantarlo. El misterio también podría formar parte de una campaña diseñada precisamente para provocar preguntas y conversación.

Pero, aunque se trate de una decisión de mercadotecnia, la ausencia de un nombre revela algo más profundo: en México, asociarse públicamente con un criminal puede generar fama, mientras reconocer a quienes lo enfrentaron podría despertar temor.

Los capos poseen alias memorables y biografías repetidas hasta el cansancio. Los policías de esta historia, en cambio, continúan sin rostro. Y quizá no sea porque sus acciones carezcan de valor, sino porque conservar el anonimato también puede ser una forma de mantenerse a salvo.

¿Por qué cuesta creer en un policía héroe?

Hay otra dificultad que la campaña apenas toca. En México, la figura del policía no despierta automáticamente admiración. Décadas de corrupción, extorsiones, abusos e impunidad han erosionado la confianza en las instituciones de seguridad.

Por ello, cuando una película intenta presentar a dos agentes honestos como héroes, se enfrenta a un público que ha aprendido a desconfiar del uniforme.

El narcotraficante puede resultar atractivo dentro de la ficción porque desafía a un sistema percibido como corrupto; el policía, en cambio, debe demostrar primero que no forma parte de ese mismo problema.

Esa tensión vuelve más interesante a La Captura. Sus protagonistas no son superhéroes ni agentes blindados contra el miedo.

Son hombres vulnerables que saben que hacer lo correcto puede tener consecuencias para ellos y sus familias.

Ahí se encuentra la fuerza de la historia: no propone que todos los policías sean buenos ni intenta borrar los abusos cometidos por las corporaciones.

Se concentra en una decisión concreta tomada por personas que pudieron aceptar el dinero o apartar la mirada y no lo hicieron.

Cambiar a quién convertimos en leyenda

Un corrido no es solamente una canción. También funciona como una manera de conservar la memoria, crear personajes y decidir qué conductas merecen ser admiradas. Por eso importa quién ocupa el centro del relato.

Está cabrón ser bueno intenta utilizar los códigos del narcocorrido —la amenaza, el peligro, la lealtad y la valentía— para narrar la historia desde el otro lado.

No elimina la fascinación cultural por el narcotráfico, pero sí cuestiona por qué conocemos tanto a los capos y tan poco a quienes se atrevieron a enfrentarlos.

La campaña de Netflix deja preguntas sin responder y, como toda promoción, busca llevar público hacia una película.

Sin embargo, su planteamiento toca una incomodidad real: hemos construido un enorme escenario para contar las hazañas de los criminales, mientras quienes hicieron lo correcto muchas veces deben permanecer detrás del telón.

Quizá el problema no sea que falten héroes. Tal vez hemos pasado demasiado tiempo aprendiendo los nombres de los villanos.

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Eliesheva Ramos

Eliesheva Ramos