En la esquina de avenida Hidalgo y Paseo de la Reforma, la fachada de tezontle y cantera del Museo Kaluz se recorta frente a la Alameda Central.
Al cruzar esa puerta, la ciudad cambia de ritmo: queda atrás el tránsito de una de las avenidas más concurridas de la capital y comienza el recorrido por un inmueble que ha visto transformarse a la ciudad durante más de tres siglos.

La noche de la presentación llegó con lluvia y con el bullicio de las celebraciones de San Judas Tadeo.
Afuera, las imágenes del santo cruzaban las calles; adentro, entre los muros del museo, esperaba otra forma de encuentro: una exposición dedicada a Alphonse Mucha y una celebración de los chocolates Picard.
La propuesta tenía algo de ceremonia y algo de sobremesa: mirar, conversar, brindar y probar mucho, mucho chocolate de alta gama.
Un edificio entre dos tiempos
El Museo Kaluz ocupa la antigua Hospedería de Santo Tomás de Villanueva, fundada en 1665 para alojar a frailes agustinos que viajaban entre la Nueva España y Filipinas.
La construcción que hoy vemos se terminó en 1780.
Su ubicación, junto a la antigua Calzada de Tacuba y en el cruce de Hidalgo con Reforma, la convierte en una puerta entre distintas capas de la capital: el pasado virreinal, la ciudad que creció alrededor de la Alameda y la vida acelerada del Centro Histórico.

Blanca del Valle, presidenta del museo, agradeció a Chocolates Picard y a las empresas que hicieron posible la exposición a través del programa EFIARTES.
También explicó el sentido de presentar a Mucha en este recinto: aunque el artista no era mexicano, su obra tuvo influencia en el país, desde la arquitectura hasta la pintura.
El museo busca fomentar el arte mexicano y fortalecer la identidad, dijo; la muestra abre, además, una conversación sobre cómo las corrientes artísticas cruzan fronteras y dejan huella en otros lugares.
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Mucha: del cartel a la vida cotidiana
La exposición Alphonse Mucha. La magia de la línea reúne cerca de 130 obras y es la primera dedicada al artista checo en México.
Mucha fue una figura fundamental del Art Nouveau y ayudó a llevar el arte a espacios que no siempre se consideraban artísticos, como la publicidad. Sus carteles con mujeres, flores y formas ornamentales siguen presentes en la memoria visual de generaciones.
“Una imagen no solo anuncia un producto, también despierta emociones y cuenta historias”, dijo Rainer Picard del Prado, integrante del consejo de administración de Chocolates Picard.
En su intervención recordó que Mucha convirtió la publicidad en arte y el arte en parte de la vida cotidiana.

La frase encontró un eco natural en la ocasión: frente a los carteles y las litografías, los chocolates también contaban una historia a través de sus envolturas.
Del Valle señaló que Mucha buscaba “hacer el arte mucho más accesible a las personas”, que no fuera excluyente.
Esa intención se entiende mejor al recorrer una obra que nació para ser vista por mucha gente, en calles, escaparates y anuncios. Ahora, sus imágenes vuelven a salir de la sala para acompañar un objeto cercano y familiar: una caja de chocolates.
Chocolate para el cuerpo; arte para el alma
En el patio principal había mesas dispuestas con chocolates Picard en distintas presentaciones, además de queso azul, jamón serrano, fresas e higos. La bienvenida fue un Yuzu cacao spritz preparado con sake, yuzu, agua mineral y nibs de cacao. Más tarde, los brindis continuaron con vino tinto Casa Madero 3V y blanco Casa Madero 2V.

Los chocolateros iban de una fuente a otra para que ninguna se quedara vacía. Entre conversaciones y bocados, la exposición esperaba en las salas.
La noche se volvió un recorrido de ida y vuelta entre el sabor y la mirada: una manera de alimentar el cuerpo con chocolate y el alma con la obra de Mucha.
La colaboración tomó forma en cinco empaques con imágenes autorizadas del artista.
Entre los diseños están Gismonda, Job y La mujer de las camelias; tres presentan chocolate con 80% de cacao y dos, chocolate con nibs. Las cajas estarán a la venta en el museo durante la exposición.

Ivonne Villalpando Luna, directora comercial de Picard, contó que el Museo Kaluz se acercó a la marca porque Mucha había trabajado en publicidad vinculada con el chocolate.
La coincidencia, explicó, fue también una oportunidad para presentar la marca desde otro lugar: “ya no queremos solo colocar productos, queremos colocar la marca”.
La empresa, que nació en 1964 como un proyecto familiar de René Picard, conserva la elaboración artesanal como parte de su identidad.
“Un chocolate es más que un producto, es un detalle, una emoción que compartes”, dijo Rainer Picard.
Y esa idea acompañó la velada hasta el final: el chocolate como regalo, como experiencia compartida y como una pequeña obra para llevar a casa.

En el Museo Kaluz, entre la ciudad lluviosa y las líneas de Mucha, el arte no solo se contempló, también se saboreó.
Alphonse Mucha. La magia de la línea puede visitarse en el Museo Kaluz hasta el 8 de febrero de 2027.
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