Virginia Ferrer
Detrás del inconfundible aroma que sale de las parrillas de La Cabrera, hay una filosofía que va más allá de la carne. Su director en México, el chef Marcelino Castro, asegura que la clave está en combinar técnica, pasión y hospitalidad.
“Queremos que el comensal se sienta como un invitado en casa. Esa es la esencia de nuestra experiencia: Menú, Ambiente y Servicio”, dice convencido de que una buena comida empieza con un recibimiento cálido y un fuego bien encendido.
La Cabrera no es una parrilla más. Su propuesta se distingue por la atención a los detalles —desde las guarniciones que acompañan cada corte hasta la selección minuciosa de ingredientes— y por un respeto absoluto hacia el producto.
“Siempre buscamos la mejor calidad y una manipulación impecable. Experimentamos con técnicas de cocción, pero sin perder las raíces argentinas que nos definen”, explica Castro.
El ojo de bife, también conocido como rib eye argentino, es el protagonista de su carta. Su grasa intramuscular se funde en el asador y genera una textura mantequillosa, irresistible.
Pero no es el único placer al fuego: mollejas, chorizo argentino, provoleta, ravioles y ensaladas complementan una experiencia que celebra el ritual de la parrilla como un acto de convivencia. “Todo pasa por el asador”, dice con una sonrisa.
La calidad no se improvisa. Castro detalla que la selección de proveedores sigue los estándares del manual de operaciones de Gastón Riveira, el alma máter de La Cabrera en Buenos Aires. Cada pieza de carne, cada verdura y cada condimento son elegidos bajo parámetros que garantizan autenticidad y excelencia.
“El secreto está en respetar el producto y en tener parrilleros que dominen la técnica y el fuego”, afirma convencido.
Con una carrera que lo ha llevado a cocinar para presidentes y artistas internacionales como el príncipe de Qatar, Dady Yankee o los mismísimos Rolling Stones, Marcelino Castro conserva la emoción del primer día frente a la parrilla.
“Amo preparar un asado de tira o una entraña, aunque sean cortes sencillos”, confiesa. Y es que, para él, la magia de La Cabrera no está solo en lo que se sirve, sino en lo que se siente: el calor del fuego, el sabor del encuentro y el alma de Argentina en cada bocado.
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