Opinión de Israel Díaz Arriaga
La presidenta Claudia Sheinbaum repite con firmeza el mantra de la soberanía ante las amenazas de Donald Trump, pero la doctrina clásica de la Teoría General del Estado –desde Hobbes y Bodin hasta Kelsen– nos recuerda que la soberanía no es un grito diplomático: se sostiene en dos pilares inseparables, supremacía interna e independencia externa. México presume lo segundo, pero patina estrepitosamente en lo primero, donde el narcotráfico reina en vastas zonas como un poder fáctico intocable.
La narrativa presidencial y sus límites
En mañaneras y foros internacionales, Sheinbaum defiende con razón la independencia: rechaza intervenciones yanquis, como las propuestas por Trump para “limpiar” cárteles, invocando la Carta de la ONU y el principio de no intervención. Es un discurso sólido en lo externo –México no es patio trasero–, y datos lo respaldan: en 2025, las exportaciones a EE.UU. crecieron 8% pese a tensiones arancelarias, mostrando autonomía económica. Pero esta narrativa se queda corta al ignorar la supremacía, el monopolio legítimo de la violencia estatal en todo el territorio, según la definición weberiana.
Sin supremacía interna, la independencia es ilusoria. Si el Estado no impone la ley en Sinaloa o Michoacán, ¿qué valor tiene rechazar tropas gringas? La presidenta habla, al igual que su antecesor, de “abrazos, no balazos”, pero los hechos son crudos: en 2025, el Secretariado Ejecutivo registró 32,000 homicidios dolosos, con 70% ligados a crimen organizado. Cárteles como Sinaloa y CJNG controlan 35% del territorio nacional, según el informe de México Evalúa, extorsionando el 60% de negocios en Guerrero y dictando vida en pueblos de Tamaulipas.
Supremacía ausente: El narco como Estado paralelo
La supremacía exige que el poder público sea el único en usar la fuerza legítima. En México, eso se evaporó hace varios años. En Culiacán, en octubre de 2019, el Ejército liberó a Ovidio Guzmán tras un enfrentamiento que dejó 14 muertos civiles; en 2023, el CJNG bloqueó carreteras en Jalisco con drones armados, y el gobierno optó por diálogo remoto. Datos duros lo pintan claro: la tasa de impunidad supera el 95% en delitos graves, según INEGI, y solo 1 de cada 100 extorsiones termina en sentencia.
Esto no es fracaso táctico, sino estructural. El narcotráfico, con ingresos de 30 mil millones de dólares anuales (UNODC), compra policías locales –en 2025, 40% de cuerpos municipales en estados calientes estaban infiltrados, según la SSPC– y financia campañas. Mientras, la Guardia Nacional, con 130,000 elementos, se dispersa en tareas civiles como obras públicas, dejando un vacío que los cárteles llenan con “paz social” propia: repartiendo despensas o resolviendo disputas, como un gobierno sombra.
La presidenta atribuye la violencia a “falta de oportunidades”, pero omite datos: en zonas narco, el PIB per cápita informal supera al formal en 20%, atrayendo reclutas jóvenes. Sin supremacía, México es un Estado fallido parcial, vulnerable a intervenciones externas que Trump explota en discursos: “Si no limpian su casa, lo haremos nosotros”.
De discursos a hechos: Rellenar el vacío soberano
Criticar no basta; urge acción objetiva. Lo ideal sería una depuración real y total de fuerzas locales: disolver policías municipales corruptas y reemplazarlas con una Fuerza Única estatal, existen referentes empíricos como en El Salvador bajo Bukele, donde los homicidios cayeron 70% en un año.
Otra acción concreta es el desarrollo focalizado: invertir 5% del PIB en 100 municipios prioritarios –como proponen expertos del IMCO–, con empleos formales que sequen el pozo narco. Y finalmente y no por ello menos trascendental, la rendición de cuentas: publicar mensualmente mapas de control territorial, con sanciones a gobernadores si superan umbrales de violencia.
México no necesita más soberanía retórica, sino supremacía real. Sin ella, los cárteles no son un poder fáctico; son el poder supremo en media nación. La presidenta puede negociar con Washington de igual a igual solo si doma su casa primero. Los datos no mienten la cifra de desaparecidos claman por un Estado que mande de verdad. Hora de pasar de palabras a hechos.
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