Opinión de Israel Díaz Arriaga
En toda democracia funcional hay una regla no escrita pero esencial: quien organiza las elecciones no debe deberle nada a nadie. Esa es, en esencia, la razón de ser del Instituto Nacional Electoral (INE), concebido como un órgano autónomo cuya misión es garantizar principios como la imparcialidad, la independencia y la legalidad en los procesos electorales.
Sin embargo, la discusión pública en México hoy no gira en torno a si esos principios existen en la ley —porque existen—, sino a si siguen vigentes en la práctica.
La reciente designación de tres nuevos consejeros electorales ha reavivado un viejo debate: ¿puede haber democracia sin contrapesos efectivos.
El diseño institucional mexicano establece que los consejeros del INE deben ser electos por mayoría calificada en la Cámara de Diputados. En teoría, esto obliga al consenso entre fuerzas políticas. En la práctica reciente, sin embargo, ese equilibrio se ha diluido.
El bloque oficialista —integrado por Morena y sus aliados— cuenta con una mayoría suficiente para influir decisivamente en todo el proceso, desde la selección de perfiles hasta la votación final.
Esto no es menor: implica que el mismo grupo político que compite en elecciones tiene una capacidad determinante en la integración del árbitro electoral.
Los tres nuevos consejeros —Frida Gómez, Blanca Cruz y Arturo Chávez— reflejan bien la complejidad del momento.
Por un lado, dos de ellos cuentan con trayectorias amplias dentro del sistema electoral:
Frida Gómez acumula más de 17 años en el ámbito electoral y ha ocupado cargos técnicos relevantes.
Blanca Cruz ha presidido un organismo electoral local, lo que le otorga experiencia administrativa directa.
Pero el tercer perfil introduce matices:
Arturo Chávez, aunque con formación en sociología política, ha sido señalado por contar con una experiencia más limitada en materia electoral y por su cercanía con el gobierno federal.
Más allá de los nombres concretos, lo que ha generado inquietud es el patrón: durante el proceso de selección, diversos análisis detectaron la presencia de aspirantes con vínculos políticos o afinidad con el oficialismo.
Aquí aparece el verdadero dilema democrático. Una institución como el INE no solo debe ser imparcial; debe parecerlo. La confianza pública es su principal activo. Cuando la ciudadanía percibe que los árbitros pueden tener inclinaciones políticas, el daño no es técnico, sino simbólico.
No se trata necesariamente de afirmar que los nuevos consejeros actuarán con parcialidad. De hecho, ellos mismos han declarado su intención de fortalecer la autonomía del instituto.
El problema es otro:
la percepción de captura institucional puede ser tan corrosiva como la captura misma.
Lo ocurrido con el INE no puede analizarse de forma aislada. Forma parte de una discusión más amplia sobre el estado de los contrapesos en México: un Poder Legislativo con mayoría dominante, tensiones con el Poder Judicial y cuestionamientos a organismos autónomos.
En este contexto, la autonomía de las instituciones deja de depender únicamente de su diseño legal y pasa a depender de la voluntad política de respetarlas.
Y ahí es donde surge la paradoja:
una democracia puede seguir celebrando elecciones libres y competitivas, pero perder calidad institucional si los contrapesos se debilitan.
La pregunta que queda en el aire no es si el INE desaparecerá o dejará de organizar elecciones —eso es improbable—.
La pregunta relevante es más sutil y más incómoda:
¿Qué tan independiente puede ser un árbitro cuando su integración depende, en gran medida, de uno de los jugadores?
México no enfrenta una ruptura democrática evidente, sino algo más complejo: una transformación gradual en la relación entre poder político e instituciones.
La designación de consejeros del INE es solo un episodio dentro de ese proceso. Pero es un episodio clave, porque toca el corazón mismo del sistema democrático: la confianza en las reglas del juego.
En democracia, perder los contrapesos no siempre se siente como un golpe.
A veces se parece más a un deslizamiento lento.
Y cuando finalmente se percibe, suele ser demasiado tarde.
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