Virginia Ferrer
Cuarenta años después de que “Las Niñas Bien” se convirtiera en un retrato provocador de un sector de la sociedad mexicana, Guadalupe Loaeza volvió a encontrarse con sus protagonistas, ahora transformadas por el tiempo, la moda y los cambios del país.
La ocasión fue un ameno conversatorio con el joyero mexicano Daniel Espinosa, realizado en un hermoso espacio: la biblioteca de la Fundación Miguel Alemán, donde amigas, lectoras y admiradoras de la escritora —“niñas bien” de antes y de ahora— compartieron una tarde de anécdotas, recuerdos y mucho sentido del humor.
El encuentro tuvo también un componente de celebración creativa: Espinosa presentó una colección inspirada en el universo de Loaeza y en la estética del artista Pedro Friedeberg, fallecido recientemente.
La amistad de tres décadas entre el joyero y la escritora dio al diálogo un tono íntimo y espontáneo. Loaeza recordó que descubrió el trabajo de Espinosa en los años ochenta, cuando encontró uno de sus collares en una boutique del Hotel Camino Real de Puebla, y reconoció en él a un creador capaz de interpretar con humor, barroquismo y un toque kitsch la esencia de aquellas mujeres que ella convirtió en fenómeno literario.

En una conversación que transitó entre la literatura, la moda y la transformación social, Espinosa planteó una pregunta inevitable: ¿quiénes son hoy las “Niñas Bien”? Para Loaeza, las nietas de aquellas mujeres son mucho más independientes, estudian, trabajan, leen, se informan y buscan comprender lo que sucede en México. Aunque conservan el gusto por la moda, las marcas y ciertos hábitos heredados, también son más conscientes de las crisis económicas y sociales, viajan por el país, visitan museos y muestran una mayor empatía frente a otras realidades.
La escritora consideró que ser “Niña Bien” dejó de ser únicamente una referencia de clase para convertirse también en una actitud y un conjunto de códigos culturales transmitidos entre generaciones.
“Es un estado de ánimo”, explicó, al señalar que muchas de esas costumbres permanecen incluso cuando cambian las circunstancias económicas. Para ella, las nuevas generaciones han aprendido a conservar ciertas referencias familiares sin reproducir necesariamente los prejuicios de sus abuelas y, sobre todo, han desarrollado una mayor autonomía para estudiar, emprender, trabajar y enfrentar la vida por cuenta propia.
Esa evolución también quedó reflejada en la colección de Espinosa, que recupera elementos clásicos como las perlas y los mezcla con materiales reciclados y piezas inspiradas en las ilustraciones de Friedeberg.
El resultado de esta colección es trasladar el espíritu de los años ochenta a una mujer contemporánea, sin perder el carácter exuberante y divertido del concepto kitsch. Loaeza adelantó incluso su intención de explorar este universo en un próximo libro, al considerar que el kitsch no es peyorativo, sino una expresión estética que vuelve a ocupar un lugar destacado en la moda y la cultura contemporáneas.
Al recordar a aquella Guadalupe que hace cuatro décadas escribió “Las Niñas Bien”, la autora reconoció que sus personajes han cambiado al mismo ritmo que México: algunas se convirtieron en universitarias, empresarias, mujeres independientes y hasta abuelas y bisabuelas, mientras otras tuvieron que incorporarse al trabajo para salir adelante.
“Hay que perder todo menos el glamour”, recordó como una frase que resume ese espíritu. Entre risas, recuerdos y complicidades, el encuentro dejó claro que, más que desaparecer, las “Niñas Bien” aprendieron a reinventarse: conservaron ciertos rituales, abandonaron otros y, sobre todo, aprendieron a mirar con mayor conciencia el país que también las transformó.



