Votar no basta: la democracia empieza cuando termina la elección

Opinión de Israel Díaz Arriaga

Cada cierto tiempo, millones de ciudadanos acudimos a las urnas. Elegimos presidente, gobernador, legisladores, presidentes municipales, entre otros. Depositamos una boleta, contamos los votos y, después de conocer los resultados, suele aparecer una idea peligrosa por lo sencilla que parece: “ya cumplimos con la democracia”. Pero no.

Votar es indispensable para una democracia, pero la democracia no se agota en el voto. La elección es apenas el punto de partida de una relación mucho más compleja entre ciudadanos y poder. Y entender esa diferencia es fundamental, porque una sociedad puede celebrar elecciones periódicamente y, al mismo tiempo, experimentar un deterioro de sus instituciones, de sus libertades y de sus mecanismos de control.

La pregunta, entonces, no debería ser solamente: ¿quién ganó?

También deberíamos preguntarnos: ¿qué puede hacer quien ganó?, ¿qué no puede hacer?, ¿quién lo vigila?, ¿qué sucede cuando se equivoca?, ¿puede la ciudadanía criticarlo?, ¿los tribunales pueden detener una decisión ilegal?, ¿la prensa puede investigarlo?, ¿la oposición puede cuestionarlo?, ¿las instituciones tienen capacidad para decirle que no? Ahí comienza la democracia.

Una boleta no entrega un cheque en blanco, imaginemos algo sencillo, supongamos que una mayoría de vecinos elige al presidente de una colonia. Le otorgan la responsabilidad de administrar los recursos comunes. Ganó legítimamente. Nadie cuestiona el resultado.

¿Eso significa que puede gastar el dinero como quiera? Evidentemente no.

¿Puede impedir que los vecinos revisen las cuentas? Tampoco.

¿Puede cambiar las reglas de la colonia para permanecer indefinidamente en el cargo? Mucho menos.

El ejemplo parece obvio porque, en nuestra vida cotidiana, entendemos que elegir a alguien para ejercer una responsabilidad no significa otorgarle un poder ilimitado. Sin embargo, cuando hablamos de política, con frecuencia olvidamos esa regla elemental. Una elección otorga legitimidad para gobernar, pero no otorga permiso para gobernar sin límites.

El politólogo estadounidense Robert A. Dahl, uno de los grandes estudiosos de la democracia, explicó que una democracia no depende únicamente de que existan elecciones, sino también de que los ciudadanos puedan participar, informarse, expresarse y tener oportunidades reales de influir en las decisiones públicas.

Por eso, democracia y elecciones están íntimamente relacionadas, pero no son sinónimos. ¿Qué ocurre entre una elección y otra? Esta quizá sea la pregunta más importante. Porque votar ocupa unas cuantas horas de nuestra vida. Gobernar ocurre durante años.

El ciudadano vota un día, pero durante el resto del periodo de gobierno necesita instituciones que funcionen. Necesita tribunales independientes cuando existe un abuso. Necesita periodistas que puedan investigar al poder. Necesita organismos electorales capaces de organizar elecciones confiables. Necesita legisladores que puedan cuestionar al Ejecutivo. Necesita acceso a información pública para saber cómo se utilizan los recursos. Necesita una oposición que pueda expresarse. Necesita derechos que no dependan de simpatías políticas. Y necesita, sobre todo, que existan reglas que también sean aplicables a quienes gobiernan. Eso es lo que algunos especialistas denominan Estado de derecho: la idea fundamental de que nadie está por encima de la ley, incluido quien ocupa el cargo más poderoso del país.

El politólogo Guillermo O’Donnell desarrolló precisamente la importancia de esta dimensión de la democracia. Para él, no basta con que existan elecciones; es necesario que el Estado y sus instituciones funcionen bajo reglas y que los ciudadanos sean realmente considerados sujetos de derechos.

En otras palabras: una democracia no solamente pregunta quién gobierna; también establece cómo debe gobernar. La mayoría también tiene límites. Aquí llegamos a una cuestión más incómoda.

Si la mayoría decidió algo, ¿por qué habría que limitar su decisión? Porque la democracia no consiste simplemente en que la mayoría pueda hacer cualquier cosa. Si mañana una mayoría decidiera que una minoría no puede expresarse, ¿eso sería democrático? Si una mayoría decidiera que determinados ciudadanos no pueden votar? Si una mayoría decidiera que un periodista debe ser censurado porque incomoda al gobierno? La respuesta debería ser clara: no.

La democracia también protege derechos que no pueden quedar sujetos a la voluntad circunstancial de una mayoría. El filósofo político Norberto Bobbio insistió en que la democracia requiere reglas del juego y procedimientos que permitan la participación política, pero también libertades y condiciones que hagan posible esa participación. Porque una democracia en la que los ciudadanos pueden votar, pero no pueden expresarse libremente, discutir, organizarse o cuestionar al poder, sería una democracia profundamente debilitada.

Por eso existen constituciones, tribunales, derechos fundamentales, división de poderes y mecanismos de control. No fueron creados para hacer más difícil gobernar. Fueron creados para evitar que gobernar se convierta en mandar sin límites. El verdadero examen ocurre cuando el gobernante escucha un “no”. Tal vez una de las mejores maneras de evaluar una democracia sea observar qué ocurre cuando el poder encuentra resistencia.

Un gobierno democrático debería ser capaz de aceptar que un tribunal contradiga una decisión del Ejecutivo. De aceptar que un periodista publique una investigación incómoda. De aceptar que una organización ciudadana cuestione una política pública. De aceptar que el Congreso rechace una propuesta. De aceptar que la oposición critique. De aceptar que los ciudadanos protesten. Y, sobre todo, debería aceptar que las reglas también se aplican al gobernante.

Aquí aparece una idea fundamental de Steven Levitsky y Daniel Ziblatt, autores de Cómo mueren las democracias: las democracias no siempre desaparecen mediante golpes de Estado. También pueden deteriorarse gradualmente cuando quienes tienen el poder comienzan a debilitar las instituciones y a considerar legítimo todo aquello que les permite conservarlo.

La advertencia es importante porque una democracia puede conservar sus elecciones y, al mismo tiempo, perder algunos de los elementos que la hacen verdaderamente democrática.

Puede seguir habiendo urnas mientras disminuyen los contrapesos. Puede seguir existiendo un Congreso mientras pierde capacidad para controlar al Ejecutivo. Puede seguir habiendo tribunales mientras disminuye su independencia. Puede seguir existiendo prensa mientras aumenta la intolerancia hacia la crítica. Y puede seguir habiendo elecciones mientras los ciudadanos comienzan a pensar que votar significa autorizarlo todo. Entonces, ¿qué significa ser un ciudadano democrático?

Quizá aquí esté la reflexión más importante. Ser democrático no significa apoyar siempre al gobierno. Pero tampoco significa oponerse siempre. Significa algo más difícil: estar dispuesto a defender las mismas reglas aunque el beneficiario sea alguien con quien no estamos de acuerdo. Si defendemos la libertad de expresión únicamente cuando habla alguien que piensa como nosotros, no estamos defendiendo realmente la libertad de expresión.

Si exigimos independencia judicial solamente cuando el tribunal falla contra el gobierno que no nos gusta, tampoco estamos defendiendo la independencia judicial. Si reclamamos transparencia solamente cuando gobierna un partido adversario, nuestra exigencia no es institucional: es partidista.

La verdadera cultura democrática comienza cuando somos capaces de decir: “Aunque no me guste, tiene derecho a expresarse.” “Aunque no vote por él, ganó legítimamente y debe gobernar.” “Aunque simpatice con él, debe rendir cuentas.” Y también: “Aunque una mayoría lo haya elegido, existen límites que debe respetar.” Eso es mucho más exigente que votar.

La democracia no termina cuando conocemos al ganador, cada elección plantea una pregunta. Pero quizá la más importante no sea quién obtuvo más votos. La pregunta fundamental es qué hacemos los ciudadanos después de votar. Porque una democracia saludable necesita ciudadanos que observen, cuestionen, participen, exijan información, respeten las reglas, defiendan sus derechos y estén dispuestos a reconocer tanto los aciertos como los errores del gobierno que eligieron.

La democracia necesita elecciones, pero necesita también instituciones, leyes, libertades, contrapesos, oposición, prensa, ciudadanos. Por eso quizá deberíamos dejar de pensar que la democracia ocurre cada tres o seis años, frente a una urna. La democracia ocurre todos los días. Ocurre cuando una institución puede decirle “no” al poder. Cuando un ciudadano puede cuestionar una decisión sin miedo, cuando un periodista puede investigar, cuando una minoría conserva sus derechos aunque la mayoría piense diferente, cuando un gobernante acepta que también está sometido a la ley. Y cuando nosotros, los ciudadanos, somos capaces de exigir las mismas reglas para todos.

Porque votar decide quién gobierna; la democracia decide cómo debe gobernar. Y esa diferencia, aunque parezca pequeña, puede ser la diferencia entre tener simplemente elecciones y construir realmente una sociedad democrática.

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Redacción Nación Digital

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