El regreso a clases no solo sirve para estrenar cuadernos, reencontrarse con amigos y retomar horarios.
También ofrece a madres, padres y cuidadores una oportunidad para observar algo que durante las vacaciones pudo pasar inadvertido: cómo está creciendo un niño en comparación con meses anteriores.
Que sea el más bajito del salón no significa necesariamente que tenga un problema de salud. La genética influye y cada infancia crece a su propio ritmo.
La verdadera señal de alerta aparece cuando deja de ganar estatura, se aleja de su curva habitual o presenta otros cambios en su desarrollo.
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Crecer también habla de salud
La estatura no es únicamente un número en la pared. El crecimiento permite conocer, de manera indirecta, cómo se encuentran la nutrición, el metabolismo, los huesos y el sistema hormonal de un menor.
De acuerdo con la Encuesta Nacional de Salud y Nutrición (ENSANUT), en 2024 el 14.1% de los menores de cinco años en México presentó talla baja.
Aunque este problema ha disminuido en comparación con décadas anteriores, el avance se ha frenado durante los últimos años.
Un análisis de UNICEF estima que alrededor de 1.4 millones de niñas y niños menores de cinco años presentan retraso en el crecimiento en el país.
La cifra deja claro que no se trata de un asunto meramente estético ni de alcanzar cierta altura, sino de identificar posibles alteraciones en una etapa decisiva del desarrollo.
Durante los primeros años de vida, los niños crecen con rapidez. Después, el ritmo se vuelve más estable y, con la llegada de la pubertad, ocurre un nuevo “estirón”.
Más importante que ocupar determinado percentil es conservar una velocidad de crecimiento constante a lo largo del tiempo.

Tres señales que conviene observar
El inicio del ciclo escolar facilita notar diferencias entre niñas y niños de edades similares, pero la comparación con sus compañeros no debe ser el único criterio. También importa revisar su historial de crecimiento y la estatura de su familia.
Algunas señales que ameritan comentarse con el pediatra son:
- La ropa y el calzado continúan quedándole prácticamente igual después de un año.
- Es considerablemente más pequeño que la mayoría de sus compañeros y esa diferencia no coincide con la estatura familiar.
- Los signos de la pubertad aparecen demasiado pronto o tardan más de lo esperado.
“Las señales de alerta en la talla baja infantil rara vez aparecen de un día para otro”, explica el doctor Iñaki González Baqué, especialista en Endocrinología Pediátrica.
Por lo general, se manifiestan de manera gradual, por lo que medir y registrar la estatura periódicamente puede ayudar a detectar desequilibrios hormonales, metabólicos o nutricionales.
No basta con medir al niño una sola vez. Lo que permite identificar un cambio relevante es comparar los registros y observar si conserva su curva o si su velocidad de crecimiento comienza a disminuir.
Ser bajito no es un diagnóstico
La talla baja puede tener distintas causas.
En algunos casos responde a la genética o a un ritmo de maduración más lento; en otros, puede relacionarse con deficiencias nutricionales, enfermedades crónicas o alteraciones hormonales, como una producción insuficiente de hormona de crecimiento.
Por eso, ver al menor junto a sus compañeros puede encender una primera alerta, pero el diagnóstico corresponde a un profesional de la salud.
La valoración puede incluir la revisión de antecedentes familiares, alimentación, peso, evolución de la talla, desarrollo puberal y, cuando sea necesario, estudios adicionales.
La detección temprana resulta especialmente importante porque los huesos conservan cartílagos de crecimiento durante la infancia y la adolescencia.
Estos se cierran al finalizar la pubertad, de modo que identificar y atender una alteración antes de ese momento amplía las posibilidades de obtener mejores resultados.

Medir hoy para no descubrirlo demasiado tarde
En vísperas del Día de Concientización sobre el Crecimiento Infantil, que se conmemora el 20 de septiembre, especialistas llaman a dejar de considerar la estatura como un dato secundario dentro de la salud infantil.
El regreso a clases puede ser un buen recordatorio para recuperar la cinta métrica, revisar los registros del último año y llevarlos a la siguiente consulta pediátrica.
No se trata de presionar a los niños para que alcancen una talla determinada ni de generar comparaciones incómodas, sino de confirmar que continúan creciendo a su propio ritmo.
Una marca de lápiz en la pared parece un gesto cotidiano. Sin embargo, cuando se registra con constancia, puede convertirse en una herramienta sencilla para descubrir a tiempo que algo necesita atención.
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