Esse quam videri (ser, más que parecer)

Opinión de Ricardo Rodríguez

Referencia obligada para quienes nos hemos adentrado en el fascinante mundo de la comunicación es la noche del 26 de septiembre de 1960, que cambió la manera de entender la comunicación pública, la percepción y la imagen.

Fue la fecha en que John F. Kennedy y Richard Nixon se encontraron en un estudio de televisión de Chicago para protagonizar el primer debate presidencial televisado en la historia de Estados Unidos.

Ambos, políticos experimentados, conocían los asuntos nacionales y habían preparado sus argumentos; no obstante, frente a las cámaras no parecían estar en igualdad de condiciones. La percepción, pues, fue distinta para cada uno.

Kennedy llegó descansado, sereno. Preparado para el lenguaje de la televisión. Miraba a la cámara, mantenía una postura firme y respondía con seguridad. Su imagen proyectaba energía, dominio y confianza.

Nixon se recuperaba de una lesión. Lucía delgado. Se veía pálido y cansado. Además, no aceptó el maquillaje en el foro. Peor aún, fue con un traje gris que se confundía con el fondo del estudio. Por la falta de maquillaje, empezó a sudar bajo las potentes luces.

Los argumentos importaron, por supuesto, pero también la mirada, la postura, el tono de voz, la seguridad y la manera de ocupar el espacio.

Millones de personas no solamente escucharon a los candidatos: los observaron, los interpretaron y construyeron una percepción sobre ellos, ese prejuicio que, se dice, nos formamos tan solo un par de minutos después de observar a un interlocutor.

Con el tiempo se popularizó la versión de que quienes siguieron el debate por radio consideraron ganador a Nixon, mientras que quienes lo vieron por televisión se inclinaron por Kennedy.

La solidez metodológica de esa comparación ha sido discutida por diversos autores, pero la enseñanza central permanece: la forma en que recibimos un mensaje influye poderosamente en la manera en que lo valoramos.

La percepción no pide permiso

La percepción se crea a partir de los estímulos que recibimos, de nuestras experiencias, del contexto y de nuestras expectativas. Por eso, dos personas pueden presenciar el mismo acontecimiento y construir conclusiones distintas.

No percibimos la realidad como si fuéramos una cámara neutral, sino que la interpretamos.

Aquí aparece una expresión latina que resume una tensión tan antigua como vigente: Esse quam videri, ‘ser antes que parecer’ o ‘ser, más que parecer’, que da nombre a esta columna, cuya acogida agradezco a Nación Digital.

En este espacio compartiré reflexiones sobre comunicación, reputación y percepción pública; es decir, lo que se dice, lo que se hace y lo que se percibe.

Y es que una imagen sólida no se construye mediante el disfraz ni la simulación. Se construye cuando existe coherencia entre lo que una persona es, lo que hace, lo que dice y la manera en que los demás la perciben. La forma importa, pero solamente puede sostenerse cuando tiene un fondo verdadero.

La apariencia puede abrir una puerta, pero difícilmente mantiene la confianza. Una fotografía cuidada, un discurso elocuente o una presencia impecable quizá produzcan una buena primera impresión; sin embargo, si la conducta contradice el mensaje, la percepción termina por fracturarse.

En el tema de esta entrega, Kennedy comprendió mejor el medio televisivo y se preparó para él. No se limitó a tener argumentos, pues supo transmitirlos. Nixon subestimó ese lenguaje y se arrepintió. La diferencia no estuvo solamente en lo que cada uno era ni únicamente en lo que parecía, sino en la capacidad de hacer coincidir preparación, presencia y mensaje frente a una audiencia masiva.

Ese desafío sigue vigente, aunque ahora se ha multiplicado. Ya no existe una sola cámara ni un solo horario estelar. Cada teléfono puede registrar una contradicción; cada usuario puede compartir una experiencia; cada declaración puede permanecer disponible durante años. Las organizaciones y sus líderes viven expuestos a una conversación continua en la que ya no controlan por completo el mensaje.

Por eso, hoy es más importante que nunca volver a lo esencial: Esse quam videri.

* Egresado de la Escuela de Periodismo Carlos Septién García. Consultor en comunicación y relaciones públicas con más de 25 años de trayectoria.

Fue director y VP en agencias locales y trasnacionales. Especialista en imagen pública, lenguaje corporal y eficiencia de la comunicación. Fundador de la agencia Comunicación+Contenido. @ComContRP