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La paz negociada o el Estado de derecho: el dilema de Guerrero

Opinión de Israel Díaz Arriaga

La Montaña baja de Guerrero dejó hace tiempo de ser únicamente una de las

regiones con mayor pobreza histórica del país. Hoy es también un territorio donde

la ausencia del Estado permitió que el crimen organizado sustituyera funciones de

gobierno, controlara caminos, sembrara miedo y expulsara comunidades enteras de

sus hogares. Entre la disputa de grupos de la delincuencia organizada, los pueblos

indígenas —principalmente nahuas y mixtecos— han quedado atrapados en una

guerra que no iniciaron, pero que padecen todos los días.

Las escenas se repiten con una crudeza que México parece haber normalizado:

comunidades sitiadas, escuelas cerradas, familias desplazadas, transporte

suspendido, cosechas abandonadas y caminos rurales convertidos en corredores

de vigilancia criminal. La violencia no es solamente un problema de seguridad; es

una fractura profunda del tejido social. Cuando una comunidad indígena abandona

su territorio, no pierde únicamente viviendas o parcelas: pierde parte de su identidad

cultural, sus redes comunitarias, sus tradiciones y hasta la posibilidad de reproducir

su vida colectiva.

La tragedia de la Montaña baja no apareció de la noche a la mañana. Durante años,

distintos gobiernos —federales, estatales y municipales— permitieron que grupos

armados crecieran al amparo de la impunidad. Primero fueron vistos como

fenómenos locales; después como expresiones “contenibles” del crimen; más tarde,

como estructuras con las que convenía coexistir antes que confrontar. El resultado

de esa lógica es el que hoy se observa: organizaciones criminales capaces de

disputar territorios completos, imponer reglas sociales y desafiar abiertamente al

Estado mexicano.

La disputa entre “Los Ardillos” y “Los Tlacos” refleja precisamente esa degradación

institucional. No se trata únicamente de bandas rivales; son estructuras que

encontraron en la debilidad gubernamental una oportunidad para construir podereconómico, político y territorial. Controlan rutas, extorsionan, condicionan

actividades productivas y utilizan el terror como mecanismo de dominio social. En

muchas comunidades, la población vive bajo una lógica de supervivencia: callar

para seguir viviendo.

Pero reducir el problema exclusivamente a la delincuencia organizada sería

insuficiente. La violencia prospera donde existen vacíos históricos de desarrollo. La

Montaña baja arrastra décadas de abandono: pobreza estructural, infraestructura

precaria, limitado acceso a salud, educación deficiente, escasas oportunidades

económicas y una histórica marginación indígena. Cuando el Estado llega

únicamente mediante operativos militares, pero no mediante escuelas, hospitales,

carreteras o inversión productiva, el terreno queda fértil para que actores criminales

ocupen espacios de control.

La dimensión política del problema también resulta incómoda. En diversas

ocasiones, las autoridades han optado por instalar mesas de diálogo o acuerdos

indirectos con actores vinculados a grupos criminales, bajo el argumento de

“pacificar” temporalmente las regiones. El dilema es delicado: ningún gobierno

puede ignorar una crisis humanitaria inmediata ni desentenderse de poblaciones

atrapadas por la violencia. Sin embargo, también es cierto que normalizar

negociaciones con organizaciones criminales puede terminar enviando un mensaje

peligroso: que quien acumula suficiente capacidad de violencia obtiene

reconocimiento político.

La pregunta de fondo es inevitable: ¿puede un Estado democrático negociar

permanentemente con quienes desafían el propio Estado de derecho? La

experiencia internacional muestra que los acuerdos circunstanciales pueden reducir

tensiones momentáneas, pero difícilmente sustituyen la obligación esencial del

gobierno: recuperar el monopolio legítimo de la fuerza y garantizar seguridad a la

población civil. Cuando las instituciones dejan de imponer la ley y comienzan aadministrar equilibrios entre grupos armados, el riesgo es que la autoridad termine

subordinada a quienes debería combatir.

Eso no significa apostar únicamente por una estrategia de fuerza bruta. La

militarización sin inteligencia, sin fortalecimiento ministerial y sin reconstrucción

social tampoco ha dado resultados duraderos. La alternativa real exige una política

integral: presencia permanente del Estado, investigación financiera de las redes

criminales, combate frontal a la corrupción local, protección efectiva a comunidades

indígenas y reconstrucción económica regional.

La Montaña baja necesita mucho más que despliegues temporales. Requiere

carreteras seguras, sistemas de salud funcionales, maestros que puedan

permanecer en las escuelas, proyectos productivos sostenibles y mecanismos

reales de justicia. También necesita que el gobierno recupere legitimidad frente a

comunidades que durante años han sentido abandono. Mientras la población

perciba que las autoridades llegan tarde, reaccionan poco o incluso toleran a grupos

criminales, el vacío seguirá siendo ocupado por poderes paralelos.

La crisis de Guerrero es, en muchos sentidos, el reflejo más doloroso de una verdad

nacional: el crimen organizado no crece solamente por su capacidad armada, sino

por la debilidad institucional que le permite expandirse. Y cuando esa omisión se

prolonga durante sexenios enteros, el costo termina pagándose en

desplazamientos, miedo y vidas rotas.

La Montaña baja no necesita pactos precarios que pospongan el conflicto. Necesita

Estado. Un Estado capaz de proteger sin abandonar, de hacer valer la ley sin

criminalizar a las comunidades y de entender que la seguridad verdadera no se

construye únicamente con armas, sino también con justicia, desarrollo y dignidad

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