Opinión de Israel Díaz Arriaga
En política existen decisiones que se olvidan con el paso del tiempo y existen otras que permanecen porque revelan la relación entre el discurso y los hechos. La asistencia de la presidente Claudia Sheinbaum a la final de la Copa Mundial de la FIFA 2026 pertenece a esta segunda categoría.
No porque un jefe de Estado no deba acudir a un acontecimiento deportivo de esa magnitud. Por el contrario, la presencia de un presidente en un evento de alcance mundial suele formar parte de la diplomacia contemporánea. Es una oportunidad para sostener reuniones bilaterales, fortalecer la imagen internacional del país y aprovechar un escaparate seguido por cientos de millones de personas. El debate, por tanto, nunca fue la asistencia, el debate es la congruencia.
Cuando México inauguró la Copa del Mundo el pasado 11 de junio, la presidente decidió no asistir. Aquella decisión fue acompañada de una explicación con un fuerte contenido simbólico. Señaló que no era necesario “codearse arriba” y que los gobiernos de la Cuarta Transformación debían mantenerse cerca del pueblo. Además, cuestionó el elevado costo de los boletos —que, dijo, alcanzaban hasta los 120 mil pesos— y recordó que había cedido su entrada para que una joven mexicana pudiera vivir esa experiencia.
En términos políticos, el mensaje era poderoso. No se trataba simplemente de rechazar una invitación, sino de construir un contraste moral entre una forma de ejercer el poder y otra. La austeridad, la cercanía con la ciudadanía y el rechazo a los privilegios aparecían como los principios rectores de la decisión.
Por ello llamó la atención que apenas unas semanas después la propia presidente anunciara su asistencia a la ceremonia de clausura y a la final del Mundial, celebrada en Nueva York, tras recibir una invitación del presidente de los Estados Unidos, Donald Trump.
Desde luego, pueden existir razones de Estado que justifiquen plenamente ese viaje. La relación bilateral con Estados Unidos constituye la prioridad de la política exterior mexicana. En un contexto marcado por negociaciones comerciales, seguridad, migración e inversión, una reunión informal entre mandatarios puede tener un valor estratégico considerable.
Pero precisamente ahí aparece el problema. Si la verdadera razón para no acudir a la inauguración era de agenda o de cálculo diplomático, bastaba con decirlo. Si la prioridad era reservar la presencia presidencial para un encuentro con otros jefes de Estado durante la final, también era una explicación perfectamente válida.
Lo que genera tensión no es el viaje a Nueva York, sino que las razones esgrimidas para no asistir a la inauguración parecieran perder fuerza cuando posteriormente se decide acudir al acto de clausura.
Max Weber sostenía que la autoridad política no descansa únicamente en el poder legal, sino también en la credibilidad que los gobernados depositan en quien ejerce el mando. Esa credibilidad se fortalece cuando existe correspondencia entre las palabras y los hechos.
Hannah Arendt advertía que la política depende de un espacio compartido de confianza. Cuando las explicaciones oficiales cambian según las circunstancias, la ciudadanía deja de discutir únicamente las decisiones y comienza a cuestionar las motivaciones detrás de ellas.
Y Pierre Rosanvallon ha señalado que las democracias contemporáneas viven bajo una vigilancia permanente de la opinión pública. Hoy los ciudadanos no sólo evalúan resultados; también examinan la coherencia narrativa de quienes gobiernan.
Por eso este episodio trasciende el futbol. En una democracia madura, la congruencia no es una virtud decorativa: es un elemento de legitimidad. Todos los gobiernos modifican decisiones. Todos rectifican. Todos enfrentan circunstancias nuevas. Lo importante es explicar con transparencia por qué cambió el contexto.
Lo que resulta más difícil de sostener es un discurso que pretende convertir una decisión circunstancial en una superioridad moral para, poco tiempo después, actuar de manera distinta sin ofrecer una explicación igualmente sólida.
Paradójicamente, la presidente probablemente habría recibido menos cuestionamientos si desde el principio hubiera dicho algo mucho más sencillo: “No asistiré a la inauguración porque considero más útil representar a México en la final, donde estarán presentes otros jefes de Estado.” Habría sido una decisión política legítima. En cambio, al envolver aquella ausencia en un discurso sobre no “codearse arriba”, sobre el costo de los boletos y sobre una manera distinta de ejercer el poder, terminó estableciendo un parámetro con el que inevitablemente sería evaluada después.
La congruencia tiene esa particularidad: no la exige la oposición; la exige el propio discurso de quien gobierna. Quizá esa sea una de las lecciones más importantes de este episodio. Los ciudadanos suelen perdonar errores. Incluso comprenden los cambios de estrategia cuando están bien explicados. Lo que difícilmente perdonan es la sensación de que las palabras sólo sirven hasta que dejan de ser convenientes.
Porque las democracias no se sostienen únicamente con mayorías electorales. También se sostienen con la confianza de que quien gobierna hará el mayor esfuerzo posible por mantener unidas sus convicciones, sus argumentos y sus acciones. Y esa confianza, una vez debilitada, siempre cuesta mucho más recuperarla que conservarla.



