Opinión de Israel Díaz Arriaga
El 27 de agosto de 2025, al concluir la sesión de la Comisión Permanente en la casona Xicoténcatl —antigua sede del Senado—, ocurrió algo impensable: Alejandro “Alito” Moreno, líder del PRI, agredió físicamente a Gerardo Fernández Noroña, presidente del Senado por Morena. Moreno subió al presídium y comenzó a empujarlo y golpearlo, incluso profiriendo amenazas como “¡te voy a romper la madre!”. El camarógrafo Emiliano González fue derribado y golpeado por Moreno y otros priistas, como Carlos Gutiérrez Mancilla y Erubiel Alonso.
El episodio fue capturado por múltiples medios y desató reacciones globales. En Europa, medios suizos y alemanes destacaron el contraste entre esa escena y sus democracias de consensos. Medios de India lo enmarcaron en el debate sobre la posible intervención militar de EE.UU. para luchar contra los cárteles. Mientras tanto, en México, la violencia se interpreta más que un enfrentamiento personal como un síntoma de la profunda polarización política.
Alejandro Moreno argumenta que todo fue consecuencia de años de “groserías, amenazas y persecución política” y acusa a Noroña de alterar el orden del día para silenciarlo. Noroña, por su parte, insiste en que no inició la agresión y ha presentado denuncias penales.
Este hecho ha tenido consecuencias políticas inmediatas: Morena se ha reagrupado, mientras la oposición pierde credibilidad; incluso se ha hablado de desafuero, sanciones institucionales y protocolos para evitar violencia en el Congreso.
¿Y si, en lugar de golpes, hablamos de soluciones… serias?
Este episodio no es un mero espectáculo bochornoso. Es la radiografía de una política que privilegia la confrontación sobre la conciliación, el impacto mediático sobre la cohesión social.
En un país tan golpeado por la violencia real —impunidad crónica, agresión a periodistas, criminalidad desbordada—, es inaceptable que nuestros representantes se vean mermados por escenas de bar. Lo ocurrido en el Senado es, también, otro golpe simbólico a la democracia. Cada bofetada es una bofetada al diálogo, a la decencia, a la representación.
México exige políticos profesionales, serios, objetivos, capaces de construir consensos, no de encender titulares con violencia. Y no es una aspiración utópica: existe una agenda urgente:
- Seguridad real, no respuestas mediáticas.
- Combate a la corrupción, con transparencia y no con ofensivas personales.
- Plena libertad de expresión, sin censuras ni censurados.
- Estabilidad institucional, que no se tambalee por un puñetazo.
Porque cada minuto que se invierte en espectáculos de poder es un minuto que se resta a la solución de problemas reales: la inflación, la inseguridad, el deterioro social.
Lo sucedido entre Noroña y “Alito” Moreno no resuelve nada. Más bien, evidencia lo que muchos ya sospechaban: un actor público que apuesta por el espectáculo violento en lugar del liderazgo constructivo. México no necesita más héroes de barras bravas, sino estadistas que restauren la confianza social y política.
Este país merece debates, ciudadanos informados, políticas con visión de largo plazo. Los golpes, ya están afuera, donde duele de verdad. No limitemos el Senado a un ring: devolvámosle dignidad, palabra y sentido. México no avanza con puñetazos: avanza con ideas.
Las opiniones expresadas son estrictamente personales y no representan necesariamente la postura editorial del medio de comunicación.



