Opinión de Israel Díaz Arriaga
Hay decisiones públicas que determinan el futuro de una nación mucho más que cualquier
discurso político, reforma electoral o confrontación ideológica. La educación es una de ellas.
Un país que educa bien construye ciudadanos críticos, profesionistas competitivos,
instituciones sólidas y economías dinámicas. Un país que fracasa en la educación, en cambio,
normaliza la desigualdad, multiplica la pobreza y limita su capacidad de competir en un
mundo cada vez más complejo.
México lleva décadas debatiendo reformas educativas, modelos pedagógicos y disputas
sindicales, pero los indicadores más relevantes siguen mostrando una realidad preocupante:
el sistema educativo nacional continúa arrastrando graves deficiencias estructurales que
afectan el desarrollo económico, científico y social del país.
Los datos son contundentes. Diversos análisis sobre rezago educativo en México muestran
que, aunque ha habido avances parciales, el problema persiste de manera alarmante.
Estudios vinculados con la UNESCO y organismos nacionales señalan que el rezago educativo
en educación básica pasó de 62.8% en 1990 a 30.8% en 2017; una reducción importante, sí,
pero insuficiente para una nación que aspira a competir con las economías más avanzadas.
A ello se suma el abandono escolar, uno de los fenómenos más preocupantes de los últimos
años. Después de la pandemia, miles de estudiantes jamás regresaron a las aulas. En
educación media superior, el abandono escolar llegó a superar el 10% durante los años más
críticos recientes. La tragedia no solamente es estadística: detrás de cada joven que
abandona la escuela existe una historia de precariedad económica, violencia, falta de
conectividad, desintegración familiar o ausencia de oportunidades.
Otro indicador demoledor es el analfabetismo funcional y el rezago educativo en adultos.
Datos del Instituto Nacional para la Educación de los Adultos estimaron que más de 28
millones de mexicanos mayores de 15 años se encontraban en situación de rezago educativo.
En términos prácticos, significa millones de personas que no concluyeron la educación básica
o carecen de herramientas suficientes para integrarse plenamente al mundo laboral
contemporáneo.
El problema no se limita a la cobertura escolar. El verdadero desafío está en la calidad
educativa. Las evaluaciones internacionales han mostrado reiteradamente que México se
encuentra rezagado en comprensión lectora, matemáticas y ciencias respecto de los países
miembros de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos. Durante años,
las pruebas PISA han evidenciado profundas carencias en habilidades fundamentales.
Y quizá lo más preocupante sea que el debate educativo ha perdido profundidad intelectual y
visión de Estado. Basta revisar la historia de la Secretaría de Educación Pública para advertir
el contraste entre algunos de sus antiguos titulares y buena parte de quienes hoy ocupan o
han ocupado recientemente esos espacios.
Resulta imposible hablar de educación mexicana sin mencionar a Justo Sierra, fundador de la
Universidad Nacional de México y uno de los grandes promotores de la educación moderna enel país. Sierra concebía la educación como un instrumento de emancipación nacional y
construcción de ciudadanía. Su pensamiento estaba profundamente influido por las
corrientes filosóficas, históricas y científicas de su tiempo. Era, antes que político, un
intelectual de gran dimensión.
Años más tarde aparecería otra figura monumental: Jaime Torres Bodet. Poeta, ensayista,
diplomático y miembro destacado del grupo de “Los Contemporáneos”, Torres Bodet
encabezó campañas históricas de alfabetización, impulsó la expansión educativa y fortaleció
el libro y la cultura como pilares del desarrollo nacional. Bajo su visión, educar no era
solamente transmitir conocimientos técnicos; era formar seres humanos capaces de
comprender el mundo y transformarlo.
Aquellos secretarios de educación podían sostener debates intelectuales de alto nivel,
escribir ensayos de gran profundidad y proyectar una visión cultural integral del país. La SEP
era dirigida por perfiles con densidad académica, vocación humanista y claridad histórica
sobre el papel de la enseñanza en la construcción nacional.
Hoy, en contraste, la percepción pública es que la política educativa suele subordinarse a
intereses electorales, disputas ideológicas, cálculos administrativos de corto plazo y hasta
justas deportivas como el mundial de fútbol. El debate pedagógico frecuentemente queda
reducido a consignas, programas improvisados o decisiones comunicadas sin suficiente
sustento técnico. Mientras otras naciones invierten estratégicamente en ciencia, tecnología e
innovación, México continúa discutiendo asuntos elementales como cobertura mínima,
infraestructura básica o recuperación de aprendizajes perdidos.
La diferencia no es menor. Los países que han logrado reducir pobreza, violencia y desigualdad
tienen algo en común: apostaron decididamente por la educación. Corea del Sur, Finlandia,
Singapur o Irlanda entendieron que el verdadero recurso estratégico no era únicamente el
petróleo, el territorio o las materias primas, sino el capital humano.
La educación impacta absolutamente todo. Incide en la productividad económica, en la
calidad democrática, en la innovación científica, en la movilidad social y hasta en la seguridad
pública. Un ciudadano mejor educado tiene mayores herramientas para acceder a empleos
dignos, comprender la realidad política, exigir rendición de cuentas y participar activamente
en la vida pública.
Por eso resulta tan delicado trivializar la discusión educativa o convertirla en propaganda
política. Cada generación mal preparada implica décadas de desventaja frente a un mundo
globalizado que exige capacidades técnicas, pensamiento crítico, dominio tecnológico y
adaptación permanente.
México enfrenta además retos inéditos: inteligencia artificial, automatización laboral,
competencia económica global, desinformación digital y crisis ambientales. Ninguno de esos
desafíos podrá enfrentarse exitosamente con un sistema educativo debilitado o sin rumbo
claro.
De ahí que la discusión electoral en torno a la educación debería ocupar un lugar central en la
conversación pública. No basta escuchar promesas generales sobre becas, entrega de útileso construcción de planteles. Es indispensable analizar seriamente las plataformas
educativas, revisar los perfiles de quienes diseñan las políticas públicas y preguntarnos cuál
es la visión de país que se pretende construir desde las aulas.
Porque al final, el verdadero futuro de México no se decidirá únicamente en las campañas, en
las redes sociales o en las conferencias de prensa. Se decidirá, sobre todo, en la capacidad
que tenga el país para formar niñas, niños y jóvenes preparados, críticos y competitivos,
capaces de enfrentar la enorme complejidad del siglo XXI.
Una nación que abandona su educación termina renunciando, poco a poco, a su propio
porvenir



