En una primaria de Atlixco, Anabel Ramírez Bravo conoció a una familia que podía contar su historia a través de las aulas: la abuela había estudiado ahí, después su hija y ahora el nieto.
Tres generaciones reunidas en la misma escuela, que sigue abriendo sus puertas a nuevos niños y acompañando a sus familias.

Esa escena revela lo que puede dejar una obra educativa: un lugar donde comienzan muchas historias y al que, con los años, las familias vuelven para verlas continuar.
Un cuarto de siglo
En México, la Fundación Distribuidores Nissan lleva 25 años construyendo y rehabilitando primarias públicas en zonas vulnerables.
Su modelo reúne a los distribuidores de la marca, quienes convierten la compra de un auto en una oportunidad para acercar espacios dignos de aprendizaje.
“Hay muchas personas empresarias que están apostándole todavía a la educación en el país”, dice Anabel Ramírez Bravo, gerente de la fundación.
La iniciativa nació después de un desastre natural, cuando los distribuidores se organizaron para reunir ayuda. Con el tiempo, decidieron enfocar ese esfuerzo en una causa de largo alcance: la infraestructura escolar.
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Una red que se organiza para llegar más lejos
La fundación fue creada por distribuidores Nissan y mantiene una relación de colaboración con Nissan Mexicana, pero es una entidad independiente.
Tampoco se financia con aportaciones de los empleados, son los distribuidores quienes deciden sumarse y realizan una cuota anual para respaldar la construcción de escuelas. La venta de vehículos es el modelo de recaudación que permite sostener esta noble labor.
Las decisiones sobre dónde construir se toman de manera conjunta en un comité integrado por distribuidores.
Para elegir las comunidades, se acercan a las autoridades educativas y municipales y revisan dónde hacen falta primarias. La fundación construye los planteles y los entrega a la Secretaría de Educación Pública (SEP), que se encarga de operarlos.
Avance imparable
Hoy, la organización suma más de 50 distribuidores asociados y 125 escuelas construidas en el país. Además, ya trabaja en los procesos necesarios para llegar a la número 131.
Sus planteles están en comunidades vulnerables de prácticamente todo México; hasta ahora, la fundación no ha logrado tener presencia en tres estados.
Cada escuela tiene capacidad para atender a 240 estudiantes, con un salón por grado de primaria. En conjunto, alrededor de 55 mil niñas y niños se benefician cada año.
Algunas escuelas también abren sus puertas por la noche para que personas adultas cursen la primaria, aunque la fundación no cuenta todavía con una cifra nacional de quienes participan en esos programas.
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Calidad de primera
La calidad de los planteles también es parte de esta apuesta por la educación. Las escuelas 118, en Zapopan, y 122, en Mitla, inauguradas en noviembre de 2024, fueron construidas con materiales prefabricados de alta calidad y características antisísmicas.
Cada una cuenta con seis aulas, salón de usos múltiples, dirección, patio cívico, cooperativa, sanitarios e instalaciones para personas con discapacidad. También recibió mobiliario y entregó uniformes y útiles escolares a sus primeras generaciones. Ambos planteles tienen capacidad para atender a 240 alumnos al año.
El trabajo no termina cuando se inaugura un plantel.
Si una escuela cumple 15 años de operación, la fundación puede regresar para hacer una reconstrucción estructural y ayudar a que siga funcionando durante más tiempo. Así, la inversión inicial se convierte en un espacio que puede acompañar a nuevas generaciones.

De generación en generación
Durante una visita a una primaria en Atlixco, Puebla, una familia se acercó a contarle al equipo de la fundación que tres generaciones habían pasado por sus aulas: primero la abuela, luego su hija y ahora su nieto.
La escuela que los distribuidores ayudaron a construir años atrás seguía formando parte de la vida familiar y de la comunidad.
Para Anabel, historias como esa muestran que una primaria no es solo un edificio.
“Te das cuenta cuánto impacta en la vida de muchas personas, no solo de una en específico”, cuenta.
En sus recorridos también ha conocido a docentes que llevan décadas trabajando en los mismos planteles, y ha visto cómo las aulas sostienen la educación y los vínculos de una comunidad con el paso del tiempo.
La gerente describe la educación como una apuesta por el futuro de México: en las escuelas se forman quienes más adelante construirán familias, ejercerán una profesión y tomarán decisiones.
Por eso, cada plantel significa mucho más que paredes y salones: es una oportunidad para que niñas y niños aprendan en un lugar digno y puedan imaginar lo que viene.
Hacer que las buenas noticias también circulen
La operación cotidiana de la fundación está a cargo de un equipo pequeño, integrado por tres mujeres.
Ramírez Bravo reconoce que trabajar por una causa social también implica aprender a decidir cómo usar recursos limitados: al visitar comunidades, siempre aparecen nuevas necesidades, pero es necesario mantener el foco en la construcción y rehabilitación de escuelas.
Aun así, dice, poder contribuir desde su trabajo a mejorar la vida de otras personas es un privilegio.
También le parece importante que las historias de colaboración se cuenten.
“Hay muchas personas en el mundo que seguimos haciendo que las cosas buenas sean, en efecto, algo que se replica”.
Quienes quieran apoyar pueden preguntar por las escuelas de la fundación en su comunidad y acercarse con sus directoras o directores para conocer qué necesitan.
Anabel menciona como opciones llevar útiles o colaborar con actividades para el Día del Niño o Navidad. La organización comparte información en redes sociales como Fundación Distribuidores Nissan FDN, en Instagram y Facebook, y en su sitio web.
El alcance de este trabajo recuerda que una mejora colectiva puede empezar con decisiones pequeñas que se suman: distribuidores que aportan, comunidades que reciben y familias que encuentran en una escuela un lugar para varias generaciones.
Como dice Anabel, cuando alguien compra un Nissan, puede estar poniendo —de manera directa o indirecta— “un granito de arena” para que una primaria llegue a donde hace falta.

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