Una infección urinaria, una neumonía o una herida después de una cirugía suelen tener tratamiento.
El médico identifica la causa, prescribe un antibiótico y el fármaco elimina las bacterias. Pero ¿qué sucede cuando esos microorganismos aprenden a sobrevivir al medicamento diseñado para combatirlos?
Eso es, en términos sencillos, la resistencia antimicrobiana: los microbios cambian y los tratamientos pierden eficacia.
No es el cuerpo del paciente el que se vuelve resistente al antibiótico, sino las bacterias —y otros microorganismos— las que desarrollan mecanismos para derrotarlo.
El resultado puede ser una infección más difícil y costosa de tratar, hospitalizaciones prolongadas, medicamentos con mayores efectos secundarios y, en los casos más graves, la muerte.
La amenaza ya no pertenece a un futuro lejano
El mal uso y el consumo excesivo de antibióticos aceleran la resistencia antimicrobiana (RAM), de acuerdo con la Organización Mundial de la Salud (OMS).
Este mismo organismo reportó que una de cada seis infecciones bacterianas comunes confirmadas mediante laboratorio fue resistente a los antibióticos en 2023.
Además, entre 2018 y 2023, la resistencia aumentó en más de 40% de las combinaciones de bacterias y medicamentos vigiladas.
En México, la RAM provocó 48 mil muertes en 2021 y más de 3 millones de casos de infecciones resistentes.

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¿Cómo aprende una bacteria a defenderse?
La resistencia es un fenómeno natural: las bacterias cambian con el tiempo y algunas desarrollan características que les permiten sobrevivir a ciertos medicamentos. El problema es que el uso excesivo o incorrecto de los antimicrobianos acelera esa selección.
Cada vez que se utiliza un antibiótico sin necesitarlo, en la dosis equivocada o durante un periodo distinto al indicado, se ejerce presión sobre las bacterias.
Las más vulnerables mueren, pero aquellas que poseen alguna ventaja pueden sobrevivir, reproducirse e incluso transmitir sus mecanismos de defensa a otras.
De ahí surgen las llamadas “superbacterias”: microorganismos resistentes a varios fármacos que reducen las alternativas de tratamiento.
Esto puede ocurrir cuando una persona se automedica, reutiliza una receta anterior, comparte antibióticos, exige que se los prescriban para una infección viral o modifica por su cuenta la duración del tratamiento. Pero sería un error depositar toda la responsabilidad en el paciente.
El uso de antimicrobianos en hospitales, granjas y producción animal; las deficiencias de saneamiento; el desecho inadecuado de medicamentos; la falta de diagnósticos rápidos y el control insuficiente de infecciones también alimentan el problema.
Los antibióticos no curan la gripe
Una de las ideas más importantes para frenar la resistencia es también una de las más sencillas: los antibióticos combaten bacterias, no virus.
No sirven contra la gripe, el resfriado común ni la mayoría de las infecciones virales. Tomarlos en esos casos no acelera la recuperación ni evita contagios, pero sí puede causar efectos adversos y favorecer la aparición de bacterias resistentes.
También es importante seguir exactamente la indicación médica. La duración del tratamiento puede variar según el tipo de infección, el medicamento y las condiciones de cada paciente; por eso no debe acortarse, prolongarse ni suspenderse sin consultar al profesional que lo prescribió.
Una infección multiplica el costo de una cirugía
La resistencia antimicrobiana también golpea el bolsillo.
Durante el VI Foro Hospitales sin Infecciones, especialistas explicaron que las infecciones asociadas con la atención de la salud representan más de 36 mil millones de pesos al año en México y pueden sumar más de 100 mil pesos al costo de atención de cada paciente.
Una cirugía estimada inicialmente en 250 mil pesos podría alcanzar hasta 3 millones si se complica con una infección, de acuerdo con las cifras presentadas en el encuentro.
El costo no se limita a medicamentos o días de hospitalización. También incluye estudios adicionales, terapias intensivas, incapacidad laboral, cuidados posteriores y el impacto económico sobre las familias.
En contraste, los expertos estimaron que cada peso invertido en prevenir infecciones puede generar un retorno de hasta 25 pesos.
Lavarse las manos, esterilizar correctamente el equipo, vigilar las infecciones y aplicar protocolos hospitalarios quizá no resulte tan vistoso como anunciar un nuevo medicamento, pero evita sufrimiento y reduce gastos.
Un problema que sale del hospital
La resistencia antimicrobiana suele relacionarse con hospitales, pero no comienza ni termina en ellos. Las bacterias resistentes pueden circular entre personas, animales, alimentos y el ambiente.
Por eso, los especialistas reunidos en el foro propusieron abordar el problema mediante el enfoque de Una Sola Salud, que reconoce que la salud humana, la animal y la ambiental están conectadas.
Un antibiótico utilizado en una granja puede favorecer bacterias resistentes que se propaguen mediante los animales, los alimentos, el agua o el suelo.
Lo mismo ocurre cuando los medicamentos se tiran al drenaje o la basura y sus residuos llegan al ambiente.
La OMS advierte que los microorganismos resistentes pueden desplazarse rápidamente por hospitales, animales, alimentos, agua y suelo. Combatirlos exige que médicos, veterinarios, productores, autoridades, científicos y ciudadanos trabajen en la misma dirección.
Prevención, lo mejor contra este problema
La mejor manera de reducir el consumo de antimicrobianos es evitar que las infecciones ocurran. Por eso, la vacunación, el lavado de manos, el manejo higiénico de los alimentos, el agua segura y las medidas de control hospitalario también forman parte de la respuesta.
Las vacunas no actúan contra todas las bacterias resistentes, pero pueden disminuir ciertas infecciones y, con ello, la necesidad de recurrir a antibióticos. También ayudan a prevenir cuadros virales que, en ocasiones, terminan complicándose con infecciones bacterianas.
La vigilancia epidemiológica es igualmente importante. Permite saber qué microorganismos circulan, en qué lugares aparecen y a cuáles medicamentos han dejado de responder.
Sin esa información, los médicos tienen menos elementos para elegir el tratamiento adecuado y las autoridades difícilmente pueden anticipar brotes.
En México, la Red Hospitalaria de Vigilancia Epidemiológica registró 101 mil 944 infecciones asociadas con la atención de la salud durante 2024, con una tasa de 7.85 casos por cada mil días de estancia hospitalaria, según el Programa Sectorial de Salud 2025-2030.

¿Qué puedes hacer ?
Aunque se necesita una respuesta coordinada de hospitales, gobiernos, industria, ganadería y academia, las decisiones cotidianas también cuentan:
- No te automediques ni compres antibióticos sin receta.
- No los utilices para gripe, resfriado u otras infecciones virales.
- Tómalos exactamente en la dosis y durante el tiempo indicados por el médico.
- No guardes sobrantes para “la próxima vez” ni los compartas.
- Pregunta cómo desechar de manera segura los medicamentos que no utilizaste.
- Mantén al día las vacunas recomendadas.
- Lávate las manos y manipula los alimentos de forma higiénica.
- No presiones al médico para que prescriba un antibiótico si considera que no es necesario.
Las bacterias pueden propagarse y afectar incluso a quien jamás se ha automedicado. Precisamente por eso, el uso responsable de los antibióticos es una tarea colectiva, no una decisión que solo repercute en quien toma la pastilla.
Cuando los medicamentos dejan de funcionar
De acuerdo con las cifras presentadas en el VI Foro Hospitales sin Infecciones, durante 2021 la resistencia antimicrobiana estuvo relacionada en México con más de tres millones de infecciones y 48 mil muertes.
En el mundo, un análisis publicado en The Lancet calcula que, si la tendencia continúa, la resistencia bacteriana podría causar de manera directa 39.1 millones de muertes acumuladas entre 2025 y 2050.
Desarrollar nuevos antibióticos es indispensable, pero no resolverá por sí solo el problema.
También se requieren diagnósticos más rápidos, vacunas, vigilancia, biomarcadores y acceso oportuno a los tratamientos. Si los nuevos medicamentos vuelven a usarse sin control, las bacterias también terminarán desarrollando defensas contra ellos.
Los antibióticos hicieron posibles las cirugías complejas, los trasplantes, la quimioterapia y el tratamiento de infecciones que antes resultaban mortales.
Preservar su eficacia no significa dejar de utilizarlos cuando hacen falta, sino emplearlos bien: para la infección correcta, en el paciente indicado, con la dosis y el tiempo precisos.
La advertencia es sencilla, aunque sus consecuencias sean enormes: si no cambiamos la forma de prevenir, diagnosticar y tratar las infecciones, podríamos regresar a una época en la que una operación rutinaria, una herida o una infección común vuelvan a poner en riesgo la vida.
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