Opinión de Israel Díaz Arriaga
Por años, la política mexicana ha encontrado en la movilización popular una poderosa herramienta de legitimación. Desde la izquierda, la derecha o el centro, los gobernantes han recurrido a las plazas públicas para enviar mensajes de fuerza, cohesión y respaldo social. La presidenta Claudia Sheinbaum Pardo no es la excepción. Su discurso pronunciado ayer, en el contexto de las tensiones con Estados Unidos y de los señalamientos provenientes de autoridades estadounidenses respecto de actores políticos mexicanos, buscó proyectar firmeza, soberanía y unidad nacional.
La pregunta, sin embargo, no es si el discurso fue eficaz para movilizar simpatizantes. La verdadera interrogante es si esa narrativa fortalece a México en sus dimensiones económica, política y social, o si corre el riesgo de profundizar algunos de los problemas estructurales que el país arrastra desde hace décadas.
Porque una cosa es ganar aplausos y otra muy distinta resolver problemas.
La narrativa de la defensa soberanía nacional
Uno de los ejes centrales del mensaje presidencial fue la defensa de la soberanía nacional frente a lo que calificó como intentos de injerencia extranjera. Sheinbaum insistió en que México es un país libre, independiente y que cualquier acusación proveniente del exterior debe estar sustentada en pruebas.
Desde una perspectiva jurídica y diplomática, el planteamiento es razonable. Ningún Estado democrático debería aceptar acusaciones sin evidencias verificables. La exigencia de pruebas forma parte de cualquier sistema basado en el Estado de derecho.
Sin embargo, la política internacional no opera únicamente sobre principios jurídicos; también funciona a partir de percepciones, confianza institucional y credibilidad.
Y ahí es donde surge el primer problema.
Cuando el discurso nacionalista se convierte en confrontación permanente, el riesgo es que la discusión deje de centrarse en los hechos y pase a concentrarse en los agravios. En lugar de preguntarse si existen problemas de infiltración criminal en determinadas estructuras políticas, el debate termina girando alrededor de si Estados Unidos tiene o no derecho a señalarlo.
La diferencia parece sutil, pero es enorme.
Una nación fuerte investiga los hechos. Una nación insegura discute únicamente al mensajero.
El México real frente al México discursivo
Mientras la plaza escuchaba mensajes de fortaleza nacional, el país sigue enfrentando desafíos que ningún discurso puede ocultar.
México continúa registrando niveles de violencia que se encuentran entre los más altos del continente. Las desapariciones constituyen una crisis humanitaria reconocida por organismos nacionales e internacionales. Diversas regiones del territorio mantienen problemas de gobernabilidad donde grupos criminales ejercen influencia económica, social y territorial.
En distintos estados, las organizaciones criminales siguen imponiendo reglas de facto sobre actividades productivas, transporte, comercio e incluso procesos políticos locales.
Frente a esta realidad, resulta legítimo preguntarse si la confrontación con Washington contribuye a resolver alguno de estos problemas.
¿Disminuye los homicidios?
¿Reduce las desapariciones?
¿Fortalece a las policías locales?
¿Recupera territorios bajo influencia criminal?
La respuesta parece evidente.
La retórica puede fortalecer identidades políticas, pero difícilmente sustituye la capacidad del Estado para ejercer autoridad efectiva.
El desafío económico
La relación con Estados Unidos representa una dimensión todavía más delicada.
México depende profundamente del mercado estadounidense. Más del 80 por ciento de las exportaciones mexicanas tienen como destino ese país. Millones de empleos están vinculados directa o indirectamente al comercio bilateral.
Además, buena parte de la estrategia de desarrollo impulsada durante los últimos años descansa sobre el fenómeno conocido como “nearshoring“, es decir, la relocalización de cadenas productivas hacia territorio mexicano.
Ese proceso requiere algo fundamental: certidumbre.
Los inversionistas no sólo observan salarios competitivos o ubicación geográfica. También evalúan estabilidad institucional, seguridad jurídica y calidad de la relación con el principal socio comercial.
Por ello, cuando la conversación pública se desplaza hacia escenarios de confrontación política, la señal enviada a los mercados suele ser ambigua.
No se trata de subordinación frente a Estados Unidos. Se trata de entender una realidad económica elemental: México necesita una relación sólida, madura y cooperativa con su principal socio comercial.
Las grandes potencias pueden darse el lujo de sostener conflictos prolongados. Las economías altamente integradas tienen menos margen para hacerlo.
El peligro de la política binaria
Otro elemento preocupante del discurso es la tendencia a presentar los acontecimientos bajo una lógica binaria. De un lado, los defensores de la patria.Del otro, quienes cuestionan al gobierno. Esa narrativa puede resultar políticamente rentable en el corto plazo, pero suele ser perjudicial para la salud democrática.
Los países que enfrentan problemas complejos requieren instituciones capaces de procesar críticas, cuestionamientos y discrepancias. Cuando toda observación externa se interpreta como agresión y toda crítica interna como traición, el espacio para la deliberación democrática comienza a reducirse.
La historia ofrece numerosos ejemplos de gobiernos que confundieron popularidad con infalibilidad.Ninguno terminó fortaleciendo sus instituciones.
Corrupción: el problema pendiente
Existe además un aspecto particularmente sensible.La exigencia de pruebas formulada por la presidenta es correcta. Pero esa exigencia debería ir acompañada de una voluntad igualmente firme para investigar. La mejor respuesta ante cualquier señalamiento internacional no es la indignación. Es la transparencia.
Si existen sospechas sobre funcionarios, exfuncionarios o actores políticos, la fortaleza institucional consiste en investigar con rigor, deslindar responsabilidades y sancionar cuando corresponda.La corrupción no desaparece porque se rechace una acusación extranjera. Desaparece cuando las instituciones nacionales funcionan adecuadamente.
¿Unidad nacional o cohesión partidista?
Todo gobierno busca construir unidad. El problema aparece cuando la unidad nacional se confunde con la adhesión a un proyecto político específico. México necesita consensos amplios para enfrentar desafíos monumentales: crecimiento económico insuficiente, rezagos educativos, debilidad institucional, inseguridad, crisis forense y pérdida de confianza ciudadana en múltiples ámbitos públicos.
Ninguno de esos retos se resolverá mediante una lógica de movilización permanente. Las marchas pueden generar fotografías poderosas. Los discursos pueden producir titulares. Las consignas pueden entusiasmar a los simpatizantes. Pero los problemas estructurales requieren algo mucho menos espectacular: gestión pública eficaz.
La prueba de fuego
El verdadero impacto del discurso de ayer no deberá medirse por el tamaño de la plaza ni por el volumen de los aplausos. La prueba será otra.
Dentro de algunos meses habrá que preguntarse si México es más seguro.
Si la inversión aumentó.
Si las desapariciones disminuyeron.
Si la corrupción retrocedió.
Si las instituciones son más fuertes.
Si existe mayor confianza internacional en el país.
Porque la historia política está llena de líderes capaces de movilizar multitudes. Muchos menos han sido capaces de resolver los problemas que preocupan a esas mismas multitudes cuando regresan a casa.
La soberanía es indispensable. La dignidad nacional también. Pero ninguna de las dos debería convertirse en sustituto de los resultados. México necesita firmeza frente al exterior, sí. Pero necesita todavía más eficacia hacia el interior.
Y quizás la pregunta más importante después del discurso presidencial no sea cuántas personas acudieron a escuchar a la mandataria, sino cuántos de los problemas que hoy afectan a millones de mexicanos estarán más cerca de resolverse gracias a esa estrategia de confrontación.
Hasta ahora, la evidencia sugiere que las plazas llenas pueden fortalecer a un gobierno. Lo que aún está por demostrarse es que también fortalezcan al país.



