Opinión de Israel Díaz Arriaga
México necesita urgentemente un giro radical: pasar de un sistema donde partidos y poderes fácticos mueven los hilos a uno de instituciones sólidas, por encima de caprichos políticos o económicos. Pero este cambio no lo hará un gobierno solo; depende de nosotros, ciudadanos informados y activos, que dejemos de esperar como espectador y tomar las riendas.
Pensemos en nuestro día a día: pagamos impuestos, esperamos seguridad en nuestras calles y justicia en un juzgado, pero todo depende de quién gane la elección. Partidos como Morena, PRI, PAN o MC se turnan el poder, pero las instituciones –INE, Fiscalía, Banco de México– terminan sirviendo al ganador. Recordemos las reformas electorales o los recortes al INE en 2025: cada sexenio, un nuevo capricho. Empresarios mineros bloquean amparos ambientales; sindicatos paralizan escuelas por cuotas; hasta el Ejército, ahora en obras públicas, parece más aliado que garante neutral.
Esto no es nuevo. Desde el Porfiriato hasta el priato, México fue de caudillos disfrazados de instituciones. Hoy, en 2026, con la economía tambaleante y violencia en la mayoría de los estados, urge un régimen institucional: reglas blindadas donde la ley mande, no el más fuerte. Ejemplos cercanos: Colombia fortaleció su Corte Constitucional con autonomía presupuestal y la obligó a revisar leyes antes de promulgarse; Uruguay tiene un Tribunal de Cuentas intocable que audita a todos. México podría voltear a ver esos casos: presupuesto constitucional para órganos autónomos, ratificación ciudadana de nombramientos clave y veto automático a reformas que atenten contra contrapesos.
Sin eso, seguimos en el bucle: un grupo arriba, reparte prebendas y usa el Estado como cortina para sus negocios. Tú, el taquero de la esquina o la madre en el mercado, sientes el golpe: servicios públicos cojos, corrupción que encarece todo.
La ciudadanía pasiva: nuestro peor enemigo
Aquí va la verdad incómoda: el problema no es solo “ellos”, somos nosotros. Décadas de paternalismo nos enseñaron a esperar al gobierno como al Atlas que carga el mundo. ¿Marchas del 68 o el 94? Pasión, pero se apagaron sin exigir estructuras permanentes. Hoy, en redes, comentamos mañaneras o spots, pero ¿cuántos leen el DOF o firman una iniciativa ciudadana? El mexicano promedio ve la política como telenovela: grita desde el sofá, pero no actúa.
Esta pasividad alimenta el desorden. Sin ciudadanos educados –que sepan sus derechos en la Constitución, cuestionen presupuestos en cabildos abiertos o fiscalicen con apps como las de “Transparencia Presupuestaria”–, los poderes fácticos reinan. Imagina tu colonia: si todos esperan al presidente municipal para tapar baches, nunca se arregla. Igual el país.
Revalorar nuestro rol como agente de cambio
Es hora de despertar. Una ciudadanía informada empieza en la escuela: civismo real desde primaria, no solo himno y bandera, sino cómo presentar un amparo o auditar un programa social. Medios independientes y redes deben priorizar datos, no chismes. Nosotros podemos: únete a colectivos vecinales que vigilan obras, firma peticiones en Change.org que han tumbado leyes malas, o vota en elecciones judiciales pensando en independencia, no en lealtad partidista.
Casos inspiran: en Cherán, Michoacán, indígenas expulsaron partidos y crearon su policía autónoma; en Chihuahua, madres buscadoras hallaron fosas oficiales sin ayuda. Eso es cambio desde abajo. Revaloremos nuestro poder: no somos súbditos, en realidad nosotros somos los soberanos. Exijamos consultas vinculantes para reformas grandes.
Pasos concretos para la transformación
México transita si actuamos juntos. Educación cívica obligatoria: asignatura nacional con talleres prácticos, bajando la apatía del 60% que no vota. Plataformas digitales para iniciativas ciudadanas: 100 mil firmas activan debate en el Congreso. Tú, lector, inicia hoy: lee un artículo constitucional, habla en la comida familiar de temas de relevancia para el desarrollo de tu colonia. De pasivo a protagonista: ese es el salto. México no cambia con mesías ni revoluciones; cambia con millones vigilando. Nuestra voz informada construye el país de instituciones sólidas que soñamos.
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