El Centro Histórico de la Ciudad de México siempre ofrece un buen pretexto para visitarlo.
Se puede caminar por sus calles para admirar la arquitectura, perseguir alguna historia o solo dejarse arrastrar por ese caos fascinante en el que conviven vendedores, turistas, oficinistas, marchas, leyendas y encuentros inesperados.
Pero, si la visita incluye algo rico para comer, el paseo se vuelve memorable.
Esta zona de la capital no es únicamente un conjunto de edificios y monumentos: también es un territorio emocional.
Cada calle guarda recuerdos propios y ajenos; cada esquina parece contener una parte de la historia del país, mientras la vida cotidiana continúa abriéndose paso entre el ruido, las prisas y los aromas que escapan de fondas, restaurantes y puestos callejeros.
En medio de ese movimiento, muy cerca del Zócalo, Taco Tasting Room propone una pausa. Se trata de un espacio íntimo, con apenas 14 lugares, creado para celebrar al taco y explorar las enormes posibilidades de la tortilla, el maíz y los sabores de México.

Entrar produce un desconcierto agradable. Afuera permanece el bullicio; adentro, la penumbra borra cualquier referencia del tiempo.
El lugar se asemeja poco a una taquería convencional y más a un recinto dispuesto para un ritual gastronómico.
Durante las siguientes horas, saber si todavía hay sol o si ya cayó la noche resulta irrelevante: frente a la barra comienzan a suceder demasiadas cosas como para mirar hacia otro lado.
La barra, con capacidad máxima para 14 personas, permite observar cada movimiento.
Frente a los comensales aparecen tortillas calientes, se encienden sopletes, se terminan salsas y el equipo de cocina y sala avanza con una sincronía que mantiene la mirada fija en las preparaciones.
Aquí no solo se viene a comer tacos. También se viene a disfrutar cómo se elaboran.

Una experiencia que comienza antes del primer taco
Mientras degustas una hidromiel o un Canelo —trago sin alcohol elaborado con zanahoria, canela y un toque ácido—, Arturo Contreras, jefe de sala, explica lo que sucederá durante las siguientes horas.
Cuenta que el nuevo menú propone un recorrido por distintas regiones del país a través de tortillas, ingredientes y técnicas. También explica una dinámica sencilla que enriquece la experiencia.
Los tacos se colocan inicialmente sobre una base de piedra volcánica caliente para conservar su temperatura. Cada pieza llega sobre un papel especial que sirve para llevarla hasta el plato, pero también tiene una segunda función inesperada.
“Después de cada tiempo pueden doblarlo, romperlo o manipularlo para liberar tensión”, bromea Arturo.

Al terminar este improvisado ejercicio de origami, el papel debe depositarse en unos recipientes fabricados con cascarones de huevo reciclados provenientes de Balcón del Zócalo, otro de los restaurantes encabezados por el chef Pepe Salinas.
Lo cierto es que estás tan atento a las preparaciones y a la sincronía de estos guías gastronómicos que, en ocasiones, olvidas subir lo que ya terminaste o dejaste de utilizar.
Pero no hay motivo para preocuparse: aunque seas despistado —como yo—, ellos nunca permitirán que tu lugar se convierta en un caos.
Para atender a los 14 comensales interviene un equipo de alrededor de 16 personas entre cocina, barra, sala y áreas de apoyo. Esa proporción permite entender el grado de atención que recibe cada detalle.
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Aniversario con reconocimiento Michelin
Taco Tasting Room abrió el 26 de julio de 2025 en el número 47 de la avenida 5 de Mayo. Al cumplir su primer año, celebra también su incorporación a la selección de restaurantes recomendados por la Guía Michelin.
Para conmemorar ambos acontecimientos, el espacio dirigido por Pepe Salinas presenta un nuevo menú de diez tiempos que coloca en el centro al maíz, la tortilla, el fuego y la diversidad culinaria de México.

El recorrido comienza con un guacamole preparado al momento y una tostada muy delgada de maíz azul.
Después aparecen cuatro salsas, acomodadas de la más intensa a la más amable: habanero tatemado con ajo negro, chiles martajados con aceite de oliva, salsa macha de cascabel y morita, y una clásica salsa de aguacate que, como aclaran con humor, sí lleva aguacate.
A partir de ahí, lo mejor es dejarse llevar.
México en diez tiempos
La primera parada es una pequeña fresa rellena de sorbete de aguachile, acompañada con ikura y oxalis. Es un bocado frío, cítrico y ligeramente picante que despierta el paladar.
Uno de los tiempos más llamativos reúne mole blanco, flores, escamoles, chayote y nopal encurtido.
El mole, conocido también como mole de novia, se elabora con chile güero, pasas claras y almendras, explica Óscar Romero, jefe de cocina. Las flores evocan el ramo de una novia y completan la historia de la preparación.

El viaje continúa con un taco de pulpo a las brasas, piña fermentada y guacamole, terminado con carbón para reforzar su carácter ahumado.
Después llegan unos esquites de rib eye con mayonesa de hormiga chicatana. Frente al comensal, la preparación se “enchula” con grasa de tuétano aplicada con un flameador.
El pequeño vaso se acompaña, por supuesto, con un limón. Es un tiempo untuoso en el que el maíz conserva el protagonismo frente a ingredientes de sabores tan intensos.

También se sirve un taco de carnitas de lechón con salsa roja fresca y chile manzano, terminado en la barra segundos antes de llegar a las manos del comensal. Esta delicia, dice Pepe Salinas, es el taco más arriesgado del menú.
La quesadilla adobada de langosta es la única pieza del menú preparada con tortilla de harina. Su origen se encuentra en una receta de los padres de Óscar Romero, jefe de cocina de Taco Tasting Room, quienes son de Baja California Sur.
Lleva queso Saint-Paulin y cerezas impregnadas con jugo de limón, cuya acidez equilibra la riqueza del queso y del crustáceo.

El taco de gaonera de Wagyu Cross representa uno de los momentos de mayor intensidad cárnica. Más adelante, una enchilada de mole negro con plátano manzano, praliné de avellana y cacahuate conduce la experiencia hacia sabores más dulces, tostados y especiados.
El cierre llega con un flan de mamey y caramelo de pan fermentado, seguido de un sorbete de xoconostle y aguacate.
El menú comenzó a servirse a finales de julio y permanecerá entre cinco y seis meses, aproximadamente, aunque algunos ingredientes podrían cambiar según la temporada.
Beber sin alcohol y no perderse la experiencia
El maridaje sin alcohol es una de las mayores sorpresas del recorrido.
Durante mucho tiempo, quienes no bebían vino o destilados recibían alternativas poco trabajadas y terminaban con la sensación de haber vivido solo una parte de la experiencia. Aquí sucede lo contrario.
La propuesta tiene personalidad propia y acompaña los alimentos con fermentos, cerveza sin alcohol, infusiones, frutas, especias y combinaciones de autor.
Entre las bebidas se encuentra Cocada, preparada con agua de coco, notas cítricas y nuez moscada. Fresa, que mezcla un oleosacárum de esta fruta con jugo de toronja, agua de pimienta y soda y Canelo, que combina la dulzura terrosa de la zanahoria con la calidez de la canela y la acidez vibrante del sour mix.
También se sirve Colimita Cero, una IPA sin alcohol con aromas que recuerdan a toronja, piña y cáscara de mango; además de un tinto desalcoholizado de garnacha tintorera.
Una mención especial merece Copenhagen Sparkling Tea BLÅ, una bebida espumosa con jazmín, manzanilla, cítricos y una mezcla de tés blancos, verdes y negros.
Complejo, refrescante e inesperado, este maridaje demuestra que no necesita alcohol para conquistar toda la atención.
Y si las bebidas son uno de los grandes aciertos de la experiencia, el postre no se queda atrás: un flan de mamey con caramelo de pan fermentado, presentado en forma de cráneo y con perlas de caviar ocupando las cuencas de los ojos.
Esta delicia no requiere cubiertos, se come a puro lengüetazo.

Y si ese acento dulce no fuera suficiente, la comilona cierra con un pequeño sorbete de xoconostle y aguacate espolvoreado con sal.
El taco también puede obligarnos a detenernos
Taco Tasting Room reúne elementos que suelen caminar por separado: técnica, espectáculo, memoria familiar, sustentabilidad, precisión y hospitalidad. Todo gira alrededor del maíz y de una preparación aparentemente sencilla que admite infinitas interpretaciones.
La experiencia de diez tiempos tiene un precio de 1,550 pesos. El maridaje sin alcohol cuesta 950 pesos; el tradicional, 1,250, y el premium, 3,500 pesos.
El lugar ofrece tres servicios los lunes, miércoles y jueves: 13:30, 16:30 y 20:30 horas. Los viernes, sábados y domingos cuenta con cuatro turnos: 13:00, 15:30, 18:00 y 20:30 horas.
Los martes permanece cerrado y, debido a que solo hay 14 lugares, es indispensable reservar. Los horarios pueden confirmarse en su sitio oficial.
En esta barra, la oscuridad no invita a desconectarse, sino a mirar con mayor atención. Cada movimiento anticipa el siguiente bocado y cada tortilla caliente abre una nueva historia.
Uno sale con la sensación de haber recorrido México sin levantarse del asiento y con una certeza: incluso un alimento tan cotidiano y querido como el taco todavía puede detenernos, despertar nuestros sentidos y volver a sorprendernos.
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