Las primeras gotas de leche materna contienen mucho más que nutrientes.
El calostro, ese líquido amarillento producido durante los primeros días después del parto, concentra anticuerpos y células inmunológicas que ofrecen al recién nacido una primera barrera de protección.
Una investigación encabezada por Marion Brunck, del Instituto de Investigaciones Biomédicas de la UNAM, encontró que la obesidad materna está asociada con cambios en el equilibrio de algunos de esos anticuerpos.
El hallazgo es preliminar y no significa que las mujeres con obesidad deban dejar de amamantar: la lactancia continúa siendo recomendable, independientemente del peso de la madre.

El calostro, más que el primer alimento
El calostro se produce durante los primeros cuatro o cinco días posteriores al parto y tiene una composición diferente a la de la leche madura.
Contiene una alta concentración de compuestos inmunitarios que la madre transfiere al bebé.
“Por eso se le dice ‘la primera vacuna’, pues a través del calostro la mamá transfiere al bebé su experiencia inmunológica: anticuerpos contra los patógenos que ha vencido en su vida”, explica Brunck.
Aunque desde hace tiempo se sabe que la obesidad puede modificar algunos nutrientes y la microbiota de la leche materna, todavía se conoce poco sobre su influencia en los componentes inmunológicos. Esa fue precisamente la pregunta que motivó el estudio.
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¿Qué encontraron los investigadores?
La investigación comenzó en 2022 en el Hospital Regional Materno Infantil de Nuevo León.
Participaron 37 mujeres que tenían entre 24 y 48 horas de haber dado a luz: 21 presentaban obesidad y 16 tenían un peso considerado saludable, de acuerdo con su índice de masa corporal previo al embarazo.
El equipo obtuvo muestras de sangre y calostro para estudiar los linfocitos B, células encargadas de producir anticuerpos, así como las cantidades de inmunoglobulina A (IgA) e inmunoglobulina G (IgG).
Los resultados mostraron que el calostro de las mujeres con obesidad contenía menos IgA y más IgG. Los anticuerpos IgA protegen principalmente las mucosas y ayudan al establecimiento de la microbiota intestinal, mientras que los IgG participan en la defensa frente a infecciones.
“Encontramos que, en el calostro de mujeres con obesidad, hay un desbalance entre los dos tipos de anticuerpos. Ello no significa que la mamá no pase una protección a su bebé a través de la lactancia, sino que el cóctel de anticuerpos que transfiere es distinto”, aclara Brunck.
En promedio, la concentración total de IgG fue cerca de una vez y media mayor en las participantes con obesidad.
El estudio científico confirmó una asociación entre esta condición y la alteración de la inmunidad humoral presente en el calostro; sin embargo, por el tamaño de la muestra y el diseño de la investigación, todavía no es posible establecer sus consecuencias para la salud del bebé.

Un tipo de célula no descrito anteriormente
Durante el análisis, el equipo también identificó un fenotipo particular de linfocito B en la leche materna que no había sido descrito previamente.
Los investigadores consideran que estas células podrían participar en la transformación de la glándula mamaria después del parto o en la transferencia de inmunidad al recién nacido. No obstante, aún será necesario estudiar con mayor profundidad cuál es su función.
El artículo representa la primera caracterización de estas subpoblaciones de linfocitos B en el calostro humano y abre nuevas preguntas sobre la manera en que la salud materna influye en la composición de la leche.
¿Estos cambios pueden afectar al bebé?
Por ahora, no existe evidencia suficiente para afirmar que el desequilibrio encontrado represente un riesgo. El trabajo muestra que la composición inmunológica cambia, pero no explica todavía cómo responde el organismo del recién nacido ni cuáles podrían ser los efectos a largo plazo.
“Son datos preliminares. No sabemos cómo responde el bebé a este cambio de anticuerpos y eso es algo que queremos estudiar más a fondo”, reconoce la investigadora.
El siguiente paso será seguir durante varios años a madres y bebés en cinco estados del país.
Con financiamiento del Wellcome Trust del Reino Unido, el equipo estudiará la influencia de la alimentación, la condición física y la genética materna en la leche, así como sus posibles efectos sobre la salud infantil.
La recomendación de amamantar no cambia
La investigación no busca alarmar ni culpabilizar a las madres con obesidad. Su objetivo es comprender mejor cómo las condiciones de salud materna pueden modificar una sustancia tan compleja como la leche humana.
“La lactancia es el mejor alimento: es profiláctica y terapéutica contra enfermedades infecciosas, y disminuye el riesgo de ciertos cánceres en las madres”, sostiene Brunck.
Más que ofrecer una conclusión definitiva, los resultados abren un nuevo campo de investigación en México. También recuerdan que esas primeras gotas, aunque pequeñas en volumen, contienen una enorme cantidad de información sobre la madre, su sistema inmunológico y las defensas que comienzan a construir al recién nacido.
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