IA y salud mental: ¿Qué pasa cuando un chatbot imita a un terapeuta?

La inteligencia artificial y la salud mental se cruzan cada vez con mayor frecuencia.

Hay personas que recurren a un chatbot para hablar de su soledad, pedir consejos sobre su pareja, contar un trauma o buscar alivio durante una crisis emocional.

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La respuesta llega en segundos y suele sonar comprensiva. Pero ¿esa aparente empatía puede confundirse con un vínculo terapéutico?

Para el doctor Félix Velasco Alva, médico psiquiatra y autor de ¿Puede la inteligencia artificial amar, desear y curar? Vínculos humanos y psicoterapia en la era digital, el problema comienza cuando olvidamos que detrás de esas palabras no existe alguien insensible.

Escucha, pero no siente

Una inteligencia artificial puede sostener una conversación, adaptar el tono de sus respuestas y retomar información compartida anteriormente.

También puede utilizar expresiones asociadas con la empatía: “entiendo que estés pasando por esto”, “tus sentimientos son válidos” o “estoy aquí para escucharte”.

Sin embargo, no experimenta ninguna de esas emociones.

“La IA ofrece un vínculo simulado o falso, pues no es una persona de carne y hueso con la que intercambiemos emociones. Al no sentir, no existe un intercambio recíproco”, explica Velasco Alva, psicoanalista titular y didáctico de la Asociación Psicoanalítica Mexicana.

La diferencia no es menor. En una relación humana, ambas personas se afectan mutuamente, interpretan silencios, se equivocan, reparan el daño y enfrentan las consecuencias de lo que dicen o hacen.

Una inteligencia artificial produce respuestas a partir de datos, patrones e instrucciones. Puede imitar la cercanía, pero no vivirla.

Esto no significa que toda conversación con una IA sea inútil. Puede ayudar a ordenar ideas, encontrar información general, preparar preguntas para una consulta o poner por escrito algo difícil de expresar.

El riesgo surge cuando esa herramienta deja de ser un apoyo y comienza a ocupar el lugar de los vínculos humanos o de la atención profesional.

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El atractivo de una compañía sin desacuerdos

Parte del poder de estos sistemas se encuentra en su disponibilidad. No se cansan, no tienen prisa, no interrumpen para contar sus propios problemas y, en infinidad de casos, responden en el tono que el usuario desea.

Para alguien que se siente solo, incomprendido o juzgado, esa experiencia puede resultar especialmente atractiva. También puede dar una sensación de control difícil de conseguir en una relación con otra persona.

Pero una relación hecha a la medida elimina algunos elementos indispensables para el desarrollo emocional: la frustración, los límites y la negociación.

“A diferencia de un amigo, un esposo o una pareja, con una IA no se puede tener una pelea, reconciliarse, discutir o tener desacuerdos, aspectos que son fundamentales en las relaciones humanas”, señala el especialista en psicoterapia familiar y de pareja.

Discutir no necesariamente significa destruir una relación. Cuando existe respeto, un desacuerdo permite reconocer que el otro tiene necesidades, deseos y opiniones propias. Aprender a escuchar, ceder, defender una postura o reparar una herida forma parte de la intimidad.

Un chatbot, en cambio, no tiene necesidades propias ni puede abandonar una conversación porque se sintió lastimado. Su disponibilidad permanente podría crear expectativas poco realistas sobre lo que una amistad, una pareja o un terapeuta deberían ofrecer.

El peligro de siempre tener la razón

Velasco Alva advierte que la aparente docilidad de algunas herramientas puede reforzar la búsqueda constante de aprobación.

Una persona podría regresar una y otra vez porque encuentra respuestas que la reconfortan, validan su versión de un conflicto o evitan confrontarla con algo doloroso.

“Las consultas a la voz artificial de una IA no deben confundirse con terapeutas que tienen la formación profesional para decirnos la verdad y no darnos siempre la razón”, sostiene el autor.

La psicoterapia no consiste solamente en escuchar o responder con amabilidad. Un profesional evalúa antecedentes, síntomas, contexto familiar, factores de riesgo y cambios de conducta. También sabe cuándo profundizar, cuándo guardar silencio, cuándo poner un límite y cuándo activar una intervención urgente.

Además, un terapeuta debe trabajar bajo responsabilidades clínicas, legales y éticas. Un chatbot de uso general no establece por sí mismo una relación terapéutica ni asume las consecuencias de una recomendación equivocada.

La Asociación Estadounidense de Psicología (APA) ha advertido que los chatbots generativos y las aplicaciones de bienestar pueden tener efectos no deseados, especialmente si sus respuestas refuerzan conductas dañinas, ideas delirantes, aislamiento o dependencia emocional.

En una encuesta difundida en 2026, 94% de los psicólogos participantes consideró que estas herramientas no pueden tratar por sí solas los trastornos de salud mental.

Foto de Emiliano Vittoriosi en Unsplash.

Entonces, ¿una IA puede ayudar?

Sí, pero su utilidad depende del propósito, del tipo de herramienta y de los límites con los que se utilice.

Una IA puede ofrecer información general sobre salud mental, ayudar a llevar un registro del estado de ánimo, proponer ejercicios sencillos de respiración o facilitar la preparación de temas que posteriormente se hablarán con un especialista.

Incluso podría ampliar el acceso a determinados recursos cuando se utiliza bajo supervisión profesional y con sistemas diseñados y evaluados para ese objetivo.

No obstante, generar una respuesta coherente no equivale a establecer un diagnóstico. Tampoco garantiza que la información sea correcta o adecuada para las circunstancias de una persona.

La Organización Mundial de la Salud reconoce que la inteligencia artificial tiene potencial para apoyar la atención, la investigación y la organización de los servicios sanitarios, pero pide que su incorporación se realice con evaluación rigurosa, supervisión especializada, transparencia y protección de los datos personales.

El organismo también advierte que los modelos de lenguaje pueden presentar información incorrecta con un tono convincente y aparentemente autorizado.

En salud mental, una respuesta falsa o descontextualizada puede influir en decisiones delicadas, como suspender un tratamiento, interpretar erróneamente un síntoma o retrasar una consulta.

Adolescentes: una relación más crítica

Velasco Alva muestra especial preocupación por los adolescentes que atraviesan problemas emocionales, aislamiento o dificultades para relacionarse.

“Los adolescentes solitarios y con conflictos internos son los más expuestos”, advierte el doctor en Psicoterapia.

Durante esa etapa, la identidad, la autoestima y la forma de establecer relaciones todavía se encuentran en desarrollo.

Una aplicación que responde sin juzgar puede convertirse en un refugio, pero también podría desplazar conversaciones necesarias con familiares, amistades, docentes o profesionales.

La APA señala que los adolescentes tienden a cuestionar menos que los adultos la exactitud y las intenciones de un chatbot.

También pueden atribuirle cualidades humanas y desarrollar una confianza excesiva en sus respuestas. Por ello, recomienda mayores medidas de protección, educación digital y participación de los adultos.

El riesgo no depende únicamente del tiempo frente a la pantalla.

También importa para qué se utiliza la herramienta.

No es lo mismo pedir ayuda para resumir un texto que convertir al sistema en el principal confidente, esconder su uso o seguir sus recomendaciones sin consultarlas con nadie más.

¿Cuándo es momento de apagar el chatbot y pedir ayuda?

No hace falta dejar de utilizar por completo la inteligencia artificial. Lo importante es reconocer cuándo la conversación rebasa lo que una herramienta puede ofrecer.

Conviene buscar atención profesional cuando:

  • La tristeza, ansiedad, irritabilidad o angustia persisten e interfieren con la vida cotidiana.
  • La persona deja de dormir, comer, estudiar, trabajar o convivir como lo hacía habitualmente.
  • El chatbot se convierte en su principal o único espacio de compañía.
  • Existe angustia intensa cuando no puede acceder a la aplicación.
  • Se oculta a familiares o amigos el tiempo o la información compartida con la IA.
  • Se siguen sus consejos como si fueran indicaciones médicas.
  • La herramienta confirma sospechas, miedos o creencias que generan mayor aislamiento.
  • Se piensa en suspender medicamentos o abandonar una terapia por una recomendación digital.
  • Aparecen ideas de hacerse daño, morir o lastimar a alguien más.

Ante una crisis, una IA no debe ser la única fuente de ayuda. Es necesario contactar a un profesional, acudir a un servicio de urgencias o pedir acompañamiento inmediato a una persona de confianza.

Tus confesiones también son datos

Contarle algo íntimo a una IA puede sentirse parecido a escribir en un diario, pero no es lo mismo.

La información se introduce en una plataforma operada por una empresa y su tratamiento depende de las condiciones, configuraciones y políticas de cada servicio.

“Este es el gran problema que tiene que ver con la pérdida de la privacidad”, apunta Velasco Alva. “No hay transparencia suficiente sobre el uso que se da a esta información”.

El especialista llama a dimensionar la sensibilidad de aquello que puede compartirse: diagnósticos, consumo de medicamentos, experiencias sexuales, conflictos familiares, infidelidades, traumas, direcciones, nombres o datos de otras personas.

No todas las plataformas manejan la información de la misma forma ni puede afirmarse que cualquier contenido pase automáticamente a ser propiedad de la empresa.

Sin embargo, sí existe un riesgo real al entregar datos personales sin revisar si las conversaciones se almacenan, se utilizan para mejorar modelos, pueden ser consultadas por terceros o permiten eliminar el historial.

La OMS ha incluido la privacidad, el consentimiento, la transparencia y la rendición de cuentas entre los aspectos que deben protegerse en el uso de la inteligencia artificial aplicada a la salud.

Antes de contar algo que no se diría públicamente, vale la pena preguntarse:

  • ¿Sé qué aplicación estoy utilizando y quién la opera?
  • ¿Revisé si conserva mis conversaciones?
  • ¿Puedo impedir que mis datos se usen para entrenar sistemas?
  • ¿Estoy incluyendo nombres, diagnósticos o información de otras personas?
  • ¿Me sentiría seguro si este contenido fuera visto fuera de la conversación?

¿Los mexicanos ya usan la IA como terapeuta?

Aunque no especifica una cifra que permita dimensionar cuántas personas lo hacen en México, Velasco Alva observa un uso creciente de las herramientas de inteligencia artificial como “terapeutas virtuales”, acompañantes o amigos disponibles en todo momento.

Por ello, más que establecer una proporción, el fenómeno debe entenderse como una práctica emergente que requiere mayor investigación.

También será necesario distinguir entre quienes formulan una pregunta ocasional sobre bienestar y quienes mantienen conversaciones frecuentes, íntimas o emocionalmente dependientes con un sistema.

La falta de cifras precisas no vuelve irrelevante el tema. Las conversaciones ya están ocurriendo y avanzan con mayor rapidez que la regulación, la educación digital y la investigación clínica.

¿Puede la inteligencia artificial amar?

La respuesta de Velasco Alva es clara: puede reproducir el lenguaje del amor, pero no experimentarlo.

Una IA puede escribir una declaración romántica, recordar detalles compartidos o responder de una manera que parezca afectuosa.

No obstante, carece de cuerpo, historia personal, inconsciente y deseo propio. No teme perder a alguien ni decide permanecer a su lado.

Algo similar ocurre con la idea de curar.

Un sistema puede proporcionar datos, preguntas o herramientas útiles, pero la atención terapéutica implica mucho más que producir palabras adecuadas.

Exige formación, escucha clínica, responsabilidad, límites y un encuentro entre dos personas.

A partir de estas tensiones, el psiquiatra desarrolló ¿Puede la inteligencia artificial amar, desear y curar? Vínculos humanos y psicoterapia en la era digital.

La obra prolonga una línea de reflexión presente en otros de sus títulos, como ¿Es posible el amor en el siglo XXI?, Cupido atrapado en la Red y Mentalizando la infidelidad.

El autor es médico cirujano, psiquiatra, psicoanalista y psicoterapeuta familiar y de pareja.

También pertenece a organizaciones como la Asociación Psicoanalítica Internacional, la Asociación Psiquiátrica Mexicana, la Sociedad Mexicana de Neurología y Psiquiatría y la Sociedad Mexicana de Terapia Familiar.

Su nuevo libro no solo pregunta qué tan lejos puede llegar una máquina. Coloca el foco en algo más incómodo: por qué una persona puede preferir una conversación programada, sin conflicto ni reciprocidad, sobre la complejidad de encontrarse con otro ser humano.

Porque quizá la pregunta más reveladora no sea si una IA llegará a amarnos, sino qué estamos necesitando cuando sentimos que ya lo hace.

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Foto de portada: Xinhua News Agengy.