Mario Cartaya volvió a sentarse en el balcón de su casa familiar en Cuba y miró hacia abajo. Ya había estado allí, en esa misma posición, aunque entonces tenía ocho años y todavía no sabía que su vida estaba a punto de partirse en dos.

Desde aquel balcón escuchó a su padre, Ignacio, pedir permiso a la familia para abandonar la isla.
Era 1960. El hombre, contador de profesión, había sido amenazado después de negarse a entregar los registros de sus clientes estadounidenses, cuyas propiedades serían confiscadas.
Tenía dos hijos pequeños y recibió una advertencia contundente del mismísimo Che Guevara, así que debía salir de Cuba cuanto antes.
Mario presenció la conversación escondido. Poco tiempo después, un 13 de noviembre de 1960 amaneció como un niño cubano y terminó el día convertido en un exiliado.
Regresó 56 años después.
Al volver a sentarse en aquel lugar apareció frente a él, apenas durante uno o dos segundos, la imagen nítida del pequeño que había sido. Lo vio inocente, desconcertado, tratando de comprender por qué los adultos lloraban y por qué estaban a punto de abandonarlo todo.
Su primer impulso fue tranquilizarlo. Decirle que, pese al miedo de esa noche, todo saldría bien. Después entendió que no era necesario.
“Yo no tengo que explicarle nada porque él siempre ha estado dentro de mí. Este es el lugar donde nos dividimos. La vida que él vive se acaba aquí, en el momento en que mi nueva vida norteamericana empieza”, cuenta en entrevista con Nación Digital.
Mario Cartaya había regresado al único sitio donde podía encontrarse con aquel niño.
“Ese era el único lugar del mundo donde yo podía reunirme otra vez con mi niñez”.
Una bóveda cerrada durante 56 años
Cartaya nació en La Habana en 1951. En Estados Unidos construyó una trayectoria extraordinaria: fundó Cartaya and Associates Architects y durante más de cuatro décadas participó en el diseño de alrededor de mil edificios.
En 2019, la historia de su vida y de su obra arquitectónica fue incorporada a la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos. Pero detrás del arquitecto reconocido había un espacio clausurado.

La salida de Cuba había sido tan traumática que durante 56 años prácticamente no recordaba sus primeros años de vida. Su mente había levantado una estructura para protegerlo. Él la llama “la bóveda”. Allí estaban resguardados los recuerdos que creía desaparecidos.
Mario siguió adelante. Se convirtió en arquitecto, creó una firma, formó una familia y levantó edificios pensados para acompañar las emociones de quienes los habitarían. Aun así, con el paso del tiempo comenzó a percibir un vacío que ninguno de sus logros llenaba.
Podía proyectar grandes construcciones, explicar su filosofía y anticipar lo que una persona debería sentir al entrar en ellas. Sin embargo, no lograba acceder a la edificación más inaccesible de todas: la que su propia mente había construido alrededor de la infancia.
“Me di cuenta de que no recordaba nada de mi vida. Tenía que regresar y buscar esos años que creía perdidos”.
De esa búsqueda nació el libro La bóveda: en busca de mi niñez cubana, una obra íntima y reflexiva que explora la ruptura de los lazos familiares y las profundas secuelas psicológicas que el exilio deja con el paso del tiempo.
Mario no esperaba recuperar cada detalle. Le habría bastado una imagen, una sensación, cualquier indicio que lo conectara con el niño que alguna vez corrió por aquellas calles. Pero Cuba terminó devolviéndole mucho, mucho más.
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¿Qué guardamos bajo llave?
¿Qué sucede cuando volvemos a los lugares que nuestra mente ha mantenido cerrados durante años?
La memoria no funciona como un archivo intacto que sacamos de un cajón. Cada vez que evocamos un episodio lo miramos desde el presente, con todo lo vivido desde entonces.
Algunos detalles se desdibujan. Otros adquieren un significado nuevo. A veces también llenamos los huecos sin advertirlo. Mario tiene su propia manera de explicarlo.
“Cuando una persona recuerda algo, lo que está haciendo en realidad es recordar la última vez que lo recordó”, dice.
Con el tiempo, añade, pueden perderse los colores, los sonidos y los olores, hasta que permanece una imagen casi inmóvil.
Él cree que en su caso ocurrió algo distinto. Como pasó décadas sin tocar aquellas escenas, al regresar a los lugares relacionados con su infancia los recuerdos aparecieron con una fuerza inesperada.
No volvieron como fotografías, volvieron como películas. Ahí se encuentra uno de los mayores atractivos de La bóveda.
El libro no habla únicamente de lo que Mario encontró en Cuba. También empuja al lector a pensar en sus propias bóvedas: esos compartimentos donde permanecen las pérdidas, las despedidas pendientes y las versiones de nosotros mismos que creíamos olvidadas.
Su historia plantea una pregunta incómoda: cuando regresamos al pasado, ¿encontramos exactamente lo que sucedió o una nueva manera de entenderlo?
Quizá ambas cosas porque los acontecimientos no cambian, pero nuestra relación con ellos sí.
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Los lugares también recuerdan
Cartaya volvió acompañado por dos amigos, Jorge y José. Durante el día recorrían los escenarios de su pasado y por las noches hablaban de lo sucedido. Brindaban, intercambiaban impresiones y le contaban detalles que él, abrumado por las emociones, no había alcanzado a percibir.
Fue una buena decisión. Las jornadas resultaron mucho más intensas de lo previsto y cada espacio parecía conservar una pieza de su historia.
En el garaje de la casa familiar recordó a su abuelo trabajando en uno de sus proyectos de carpintería. Mario tendría cuatro o cinco años. Se sentó a mirarlo y de pronto sintió algo desconocido en el pecho.
“Tata, me siento algo en el corazón y no sé lo que es”, le dijo.
Su abuelo dejó lo que estaba haciendo, lo abrazó y le explicó:
“Mallito, qué feliz me has hecho. Lo que estás sintiendo es el amor, mi hijo. Yo te quiero también”.
Más de medio siglo después, Mario no solo recordó la escena. Volvió a sentir el descubrimiento del amor desde la sensibilidad de aquel niño.
Algo parecido ocurrió en su antigua escuela. Subió al segundo piso guiado por una especie de impulso interior que él describe como una “canción de sirena”. Abrió una puerta y encontró el salón de cuarto grado del que se había marchado en silencio.
Su padre le había pedido que no contara a nadie que saldrían del país. En aquellos días, las familias que se iban podían ser señaladas y sus hijos, insultados. Mario dejó la escuela sin despedirse.
Cuando volvió, los pupitres seguían allí. Se sentó y comenzaron a aparecer los rostros de sus compañeros. Después llegaron sus nombres.
“En mi mente yo había estado ahí el día anterior, porque nunca había vuelto de ese día”, explica.
La casa, el garaje, la escuela y el balcón habían conservado lo que él no podía nombrar.
Mario pasó 43 años diseñando espacios para responder a las necesidades humanas. En Cuba descubrió que los lugares también pueden custodiar una vida.

Regresar cuando ya no queda nadie
Mario encontró los espacios de su infancia, pero no a las personas que les habían dado sentido.
Cuando salió de Cuba dejó atrás a abuelos, tíos, tías, primos y otros seres queridos. Al regresar, todos habían muerto. Después de 56 años, el reencuentro con su familia solo pudo ocurrir frente a sus tumbas.
Ahí comprendió que la tragedia más profunda de la isla no puede medirse solamente en cifras económicas.
Cuando se habla de Cuba, la conversación suele concentrarse en la falta de alimentos, medicinas, agua o electricidad. Cartaya vio esas carencias.
En un hospital oncológico encontró humedad, calor, moscas y pacientes esperando con el suero conectado. Había una televisión pequeña para todos y ni siquiera contaban con agua para ir al baño.
“¿Cómo que no hay agua en un hospital oncológico?”, se preguntó.
La escena lo enfrentó con la precariedad cotidiana. Sin embargo, para él existe otra pérdida mucho más difícil de dimensionar: la fractura de cientos de miles de familias separadas durante décadas.
“Lo peor de Cuba no es la falta de comida, no es la falta de una buena casa, no es la falta de viajes vacacionales. Es la separación de la familia. Nadie puede devolverte esos años”.
No hay decreto, cambio político o acuerdo diplomático capaz de reconstruir una relación que no pudo vivirse.
“Nunca podrán crear una ley que me devuelva mi relación con mis tíos, mis tías, mis abuelos y mis primos, que nunca más vi”.
Por cada persona que se marchó y consiguió comenzar otra vida, reflexiona, alguien permaneció en la isla. El exilio no modifica únicamente el destino de quien se va. También transforma para siempre la existencia de quienes se quedan.
El daño se multiplica de lado y lado.
Cuba no lo recibió como esperaba
Mario regresó con ansiedad.
Sus últimos recuerdos conscientes de la isla estaban asociados con el miedo: los milicianos, la amenaza contra su padre, la salida discreta de la escuela y el temor de que la familia fuera detenida antes de abandonar el país.
Esperaba encontrarse con los fantasmas de 1960. En cambio, desde su llegada halló sonrisas, abrazos y personas dispuestas a orientarlo. Cuando contaba que era la primera vez que volvía, los cubanos le repetían:
“Espero que encuentre lo que viene buscando”.
Aquella recepción cambió su mirada. Dejó de sentirse como un hombre que entraba en territorio hostil y comenzó a verse como un hijo que regresaba a su lugar de origen.
“Los demonios de 56 años atrás ya no existían. No había razón para seguir sintiendo esa ansiedad”.
Eso no le impidió observar las contradicciones de la isla. Encontró precariedad y dolor, pero también afecto, restaurantes concurridos, pequeños negocios y jóvenes que entonces creían posible participar en una etapa de apertura. Era 2016 y, aunque el país estaba lejos de vivir una situación ideal, percibió una esperanza que no esperaba.
Miró Cuba sin negar sus carencias, pero también sin odio. El no volvió para un ajuste de cuentas, volvió para comprender.
La nostalgia no es quedarse atrapado
La nostalgia suele confundirse con la idealización del pasado. Sin embargo, también puede ayudarnos a reconocer la continuidad entre quienes fuimos y quienes somos.
Dicen que la nostalgia fortalece la sensación de conexión entre el yo del pasado y el del presente, en parte porque reactiva vínculos afectivos y el sentido de pertenencia.
No se limita a extrañar “los buenos tiempos”: puede ayudarnos a integrar distintas etapas de nuestra identidad. Eso es justamente lo que ocurre en el viaje de Mario.
Su mirada sobre Cuba no borra lo difícil ni convierte la infancia en un paraíso. Recuerda el cariño de su familia, pero también el miedo de la salida. Celebra la calidez con la que fue recibido, mientras describe sin adornos el deterioro que encontró. Hay añoranza, sí, pero también reflexión.
Existe una diferencia entre vivir en el pasado y volver a él para entender lo que todavía provoca en nosotros. Mario hizo lo segundo.
“Qué bello es perdonar, qué bello es buscar lo positivo de algo y qué bello es poder oír y seguir esa canción de sirena que todos tenemos adentro”, comenta al hablar de las reacciones que ha recibido de sus lectores.
El pasado, afirma, no tiene por qué convertirse en condena.
“El pasado es el pasado, ya pasó; el presente es diferente: encuentra cuál es el presente, no vivas en el pasado”.

El arquitecto que tuvo que reconstruirse
Antes de ese viaje, Cartaya pensaba que el exilio le había robado el destino que le correspondía. Su padre le decía que algún día estudiaría en la Universidad de La Habana, como otros miembros de la familia, y que allí se convertiría en arquitecto.
Nada ocurrió de esa manera.
En Estados Unidos tuvo que abrirse camino como inmigrante y demostrar su capacidad una y otra vez. Construyó una firma reconocida y diseñó edificios públicos, centros de justicia, iglesias y sedes gubernamentales.
Su arquitectura parte de una idea sencilla: un edificio no puede ser indiferente a las personas que lo habitan.
Una corte debía proteger emocionalmente a quien llegaba buscando justicia. Una iglesia tenía que ofrecer esperanza. Una sede de gobierno debía recordarles a los funcionarios para quién trabajaban.
En Pembroke Pines, Florida, por ejemplo, proyectó una pared de cristal de siete pisos frente a un parque. Quería que los ciudadanos pudieran mirar hacia el interior del edificio y que los funcionarios, al levantar la vista, vieran a la comunidad a la que servían.
Para Mario, la arquitectura siempre ha sido un ejercicio humanista.
“Primero, los humanos”, resume.
Con el viaje a Cuba, esa filosofía adquirió una dimensión íntima. Después de levantar alrededor de mil edificios, tuvo que reconstruir su propia historia. No para recuperar la vida que habría tenido, sino para aceptar plenamente la que le tocó vivir.
“Pasé muchos años pensando que me habían robado el destino. Voy a Cuba y me doy cuenta de que no, que ese era mi destino”.
Dos culturas en un mismo cuerpo
La reconciliación también transformó la manera en que nombra su identidad.
Durante décadas se presentó como cubanoamericano. Después del viaje decidió retirar ese guión invisible que parecía obligarlo a permanecer en medio de dos países.
“Ya no soy cubanoamericano. Yo soy cubano y yo soy americano. Soy dos culturas preciosas viviendo en paz y tranquilidad en un mismo cuerpo, el mío”.
También son dos personas: el adulto que edificó una vida en Estados Unidos y el niño cubano que permaneció esperándolo en un balcón de La Habana.
Viaje de regreso a la bóveda no es solo un libro sobre recuerdos recuperados. Es un relato de reconciliación. Capa por capa, Mario desentierra escenas, afectos y heridas hasta descubrir que cerrar un ciclo no significa borrar lo sucedido.
Tampoco exige amar el pasado. Invita a dejar de huir de él.
Al regresar a Estados Unidos, su amigo Jorge le dijo que tenía que escribir lo ocurrido. Aquellas experiencias eran demasiado extraordinarias para quedar solamente entre ellos. Mario aceptó y, mientras escribía, surgieron más recuerdos.
La literatura se convirtió así en una prolongación del viaje y en otra manera de abrir la bóveda. Si antes había utilizado mampostería, cristal, luz y color para construir espacios humanos, ahora recurría a las palabras.
Una historia que llegará a Guadalajara
Cartaya ya tiene en preventa Before the Revolution: The Untold Story of a Hundred Years of Friendship Between the United States and Cuba, un libro que nació de su curiosidad por entender cómo era la relación entre cubanos y estadounidenses antes de 1960.
Al revisar documentos en la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos, encontró algo que no esperaba: más allá de las diferencias políticas, había una historia de amistad, respeto e intercambio entre dos pueblos mucho más parecidos de lo que suele pensarse.
Con esa mirada humana, Cartaya invita a preguntarse si es posible dejar atrás décadas de odio y volver a construir puentes. El autor ya trabaja en la edición en español, que no será una traducción literal, sino una reescritura cercana a la sensibilidad y la cultura de sus lectores.
Mario estará este año en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, donde compartirá su obra y una historia que comenzó antes de convertirse en escritor o arquitecto.
Comenzó con un niño escondido en un balcón. Cincuenta y seis años después, el hombre regresó por él. La familia a la que esperaba abrazar ya no estaba, pero su casa, su escuela y su ciudad todavía guardaban suficientes huellas para mostrarle el camino.
Mario no recuperó la vida que habría podido tener en Cuba, Mario recuperó algo distinto: la posibilidad de reconocerse entero.
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