A unas horas de que comience el ciclo escolar 2026-2027, los útiles están etiquetados, el uniforme espera su estreno y la alarma ya está programada.
Sin embargo, hay algo que no siempre cabe en la mochila: los nervios, la emoción o el miedo que pueden acompañar a niñas y niños en su regreso a las aulas.
Volver a clases no consiste únicamente en levantarse temprano. También implica separarse nuevamente de la familia, reencontrarse con compañeros y maestros, adaptarse a otro grupo y retomar responsabilidades.
Y aunque mañana suene la campana, la adaptación puede tomar varios días, alerta la Dra. Delia Hinojosa Amaviza, psicoanalista con especialidad en psicoanálisis de niños y adolescentes.
Esta noche no tiene que ser perfecta
Después de varias semanas de vacaciones es normal que los horarios de sueño, alimentación y entretenimiento se hayan relajado.
Si la rutina no se recuperó gradualmente, tampoco hace falta convertir la víspera del regreso en una operación militar, agrega la también especialista en psicoterapia de parejas.
Lo más conveniente es procurar una tarde tranquila, dejar preparada la ropa y organizar la mochila con ayuda de los niños.
Participar en estas pequeñas tareas les permite anticipar lo que ocurrirá y recuperar cierta sensación de control.
También conviene reducir el uso de pantallas antes de dormir y evitar que la conversación familiar gire solamente alrededor de las prisas, las tareas o las calificaciones.
El objetivo no es que se duerman sin una pizca de nervios, sino que lleguen al primer día sintiéndose acompañados.
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Antes de decir “no pasa nada”, hay que escuchar
No todos viven el regreso de la misma manera. Algunos niños están contando las horas para ver a sus amigos; otros preferirían alargar las vacaciones indefinidamente.
También pueden aparecer miedo, tristeza, irritabilidad o dudas sobre los nuevos compañeros y profesores.
Es importante escuchar lo que el regreso a clases significa para cada niño, señala Hinojosa, miembro de PsicoIntegra.
“No debemos minimizar sus preocupaciones ni decirles cómo deberían sentirse; necesitan saber que pueden expresar sus temores y que habrá un adulto dispuesto a acompañarlos”.
En lugar de apresurarse a responder “todo estará bien”, los adultos pueden hacer preguntas sencillas: ¿qué te emociona de mañana?, ¿hay algo que te preocupe?, ¿qué te gustaría que ocurriera en tu primer día?
No siempre será necesario ofrecer una solución inmediata. En ocasiones, saber que alguien escucha sin juzgar es suficiente para comenzar a ordenar lo que se siente.

Cuidado con el ‘contagio’ de nervios
El inicio del ciclo escolar también pone a prueba a los adultos: hay que coordinar horarios, traslados, comidas, uniformes y actividades. Esa carrera contra el reloj puede hacer que el regreso se presente como una montaña de obligaciones.
El problema es que niñas y niños perciben la ansiedad de quienes los rodean. Si en casa todo son prisas, quejas y advertencias, es fácil que interpreten la vuelta a la escuela como algo amenazante.
Sin negar las responsabilidades, vale la pena recordarles la parte amable: reencontrarse con sus amistades, conocer personas, descubrir nuevos temas y recuperar los momentos de juego. Y, desde luego, despedirse mañana con serenidad, especialmente si existe ansiedad por separarse.
El verdadero ajuste comienza después del primer día
Superar la mañana inaugural no significa que la adaptación haya terminado. Durante los primeros días pueden aparecer cansancio, mal humor, llanto o mayor sensibilidad. El cuerpo y la mente necesitan tiempo para recuperar el ritmo escolar.
Mantener horarios regulares de sueño, procurar momentos de descanso y conservar espacios para jugar y convivir en familia puede hacer más llevadera la transición.
También ayuda evitar interrogatorios al salir de la escuela. En vez de preguntar únicamente “¿cómo te fue?”, pueden probarse preguntas más concretas: “¿qué fue lo más divertido?”, “¿qué te sorprendió?” o “¿hubo algo que no te gustara?”.
La paciencia será clave. Cada niño se adapta de manera distinta y un primer día complicado no determina cómo será el resto del ciclo.
¿Nervios normales o una señal de alerta?
Cierta inquietud es esperable ante un cambio. En muchos casos disminuye conforme pasan los días y los niños descubren que aquello que imaginaron no era tan terrible.
Conviene buscar orientación profesional cuando el miedo persiste, se vuelve más intenso, interfiere con las actividades cotidianas o dificulta asistir a la escuela.
También debe prestarse atención a síntomas físicos recurrentes, cambios importantes en el sueño, tristeza constante o un rechazo escolar que no disminuye.
La clave está en observar sin minimizar. Decir “no es para tanto” puede cerrar la conversación justo cuando el niño necesita explicar qué le está sucediendo.

Una oportunidad para ganar autonomía
El nuevo ciclo también puede servir para fomentar pequeñas dosis de independencia. Preparar sus materiales, ordenar parte de sus actividades o elegir entre dos opciones para el refrigerio ayuda a que niñas y niños se perciban capaces de participar en esta nueva etapa.
“No necesitan que les resolvamos todo, sino sentir que no están solos frente a lo que les genera incertidumbre”, agrega la doctora Hinojosa.
Mañana quizá haya carreras, olvidos y alguna lágrima inesperada. No importa. Un buen regreso a clases no es aquel en el que todo sale perfecto, sino aquel en el que niñas y niños saben que, al volver a casa, encontrarán a alguien dispuesto a escuchar lo que vivieron.
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